Si por el día la isla tenía su encanto, por la noche tenía aires de misterio, de esos que te seducen rápido y pronto empiezas a adorar.
No había siquiera brisa marina y pocas personas caminaban a esas horas por fuera, la mayoría después de la cena se irían a sus habitaciones para descansar y recargar energías para el día siguiente salir de nuevo a darlo todo.
Sin embargo, Olympia no estaba allí para turistear, más bien era un refugio mientras sus padres no se dieran cuenta de su ausencia y comenzaran a buscarla como locos.
—La primera vez que me escapé de casa tenía once años —confesó, tomando por sorpresa a su acompañante, pues había estado en absoluto silencio desde que salieran del hotel—. Estaba dispuesta a no volver, pero con once años no entendía nada del mundo y por muy guay que me creyese no llegaba a ningún lado. Para cuando llegó la noche tenía hambre, pero mi terquedad no me permitió volver, unos conocidos de mis padres me vieron y me llevaron a su casa. En la mañana siguiente estaba mi padre con cara de pocos amigos allí presente, supongo que el chiste no fue gracioso para él.
—¿Qué fue de las otras veces? —cuestionó, mirándola de soslayo—. Dijiste que esa había sido la primera, lo que me lleva a pensar que hubo más.
—Solo una segunda —admitió, sonriendo avergonzada—. Ahí ya tenía dieciséis y un novio secreto del que evidentemente mis padres no sabían nada, me dio un arranque de rebeldía y como estaba en ese plan de "a mi nadie me manda" me fui de casa como si eso fuera lo más normal del mundo y terminé durmiendo en casa de mi novio. Se aprovechó de mi estado emocional y me convenció para tener sexo.
—Olly...
—No, no digas nada —lo interrumpió—. Así sois los hombres, siempre buscando un beneficio propio. Me quedé súper decepcionada de lo que era el sexo, la verdad, no me gustó, no disfruté ni mucho menos tuve un orgasmo. No lograba entender que le veían a eso de tener relaciones, tenía muy claro que follar estaba sobrevalorado.
Zabdiel podía asegurar que le pasaba lo mismo a la mayoría de mujeres, había tipos muy egoístas que se centraban en el placer propio. Estaba tan jodidamente normalizado que había llegado un punto donde lo raro era tener orgasmos, lo raro era no fingir en la cama.
—Dime que has cambiado de opinión.
—No te eches rositas antes de tiempo —murmuró con diversión—. Hubo otros antes de ti, si no fuera por ellos no pensaría que el sexo podría llegar a ser divertido. Solo hay que saber encontrar a los hombres que valen la pena o ponerse una misma al mando para dominar.
—No sabes cuanto me gustaría verte en ese plan —sonrió de manera maliciosa—. De princesa ideal solo tienes el título, ¿no? Pero de amante ideal te aseguro que tienes todos los requisitos.
Olympia le regaló una mirada burlona antes de tomarlo de la mano y llevarlo consigo hasta la playa, caminaron por la arena hasta llegar a la orilla del mar. Una vez allí lo empujó, tomándolo por sorpresa, haciéndole tropezar con sus pies en la arena.
—¡Olympia! —exclamó en cuanto su cuerpo cayó sobre esta, mojándose con la marea que a esas horas empezaba a bajar.
—¿Si, Zabdiel? —provocó, sentándose sobre su regazo de manera provocativa, dejando su cabello rubio caer a ambos lados de su rostro. No le importó mojarse las rodillas al clavarlas en la arena, esa su menor preocupación.
—No me digas que es lo que vas a hacer porque ya lo estoy viendo venir —susurró, llevando sus manos a sus muslos, acariciando la piel que tenía al descubierto.
—Pues quizá no deberías de ver nada, ¿no crees? —se deshizo de su vestido y lo enrolló de tal forma que hizo una buena venda para sus ojos, él no se quejó en lo más mínimo cuando le impidió la visión. Odiaba estar limitado, pero por ella estaba más que dispuesto a taparse los ojos, a contener sus gemidos e incluso a atarse las manos. Sería una dulce tortura, pero si a la princesa le iban esas movidas tenía ganas de probarlo.
—Si a todo —susurró sin saber muy bien a qué estaba accediendo.
La rubia sonrió de manera socarrona y le bajó el pantalón con sus manos ágiles. El primer polvo lo había echado él, el segundo le tocaba a ella.
El bóxer era apretado y su miembro se ceñía en la tela como si solo existiera para ello, casi jadeó de lo tanto que le gustó la vista, se remojó los labios y se limitó a bajárselo. Su polla estaba hinchada y palpitaba bajo sus dedos, endureciéndose más con su tacto.
—No soy de rogar, pero lo haré si solo sigues torturándome con tus manitos y no me dejas disfrutar de tu cálido coño —gruñó, muriendo por el desespero.
—Sshh, no me obligues a usar otra prenda para cubrirte la boca.
—¿Tus bragas? Por favor, adelante.
—Espero que no estés hablando en serio.
—Yo no bromeo con cosas así, Olly —casi rugió, buscando a ciegas la tira de sus bragas para deslizarlas por sus piernas. Ella le ayudó a quitárselas y después las empujó en su boca, manteniéndole esta ocupada para así no soltar ni una sola queja más.
Ayudándose con una mano para dirigir el glande hasta su entrada, se dejó caer, gimiendo ante la intrusión. Zabdiel era un tipo alto, no había parte de su cuerpo que no fuera acorde con su estatura, sabía que su polla no defraudaría. Él luchaba por contenerse, dejándola tomar su ritmo, que fuera ella quien tomase de él los centímetros que necesitaba para complacerse.
Apenas se movió, observando subir y bajar el tórax al ritmo de su respiración, hasta que él volvió a poner las manos en su cintura. Lo tomó como una señal y comenzó a moverse arriba y abajo, con ritmo lento y sensual. Cada movimiento lanzaba pequeñas oleadas de placer a sus cuerpos.
—A eso me refería —murmuró ella, mordiéndose los labios para evitar gemir, aunque era de noche y probablemente nadie fuera a escucharla. Se balanceó más rápido, echando su cabeza hacia atrás, sintiendo como la cabeza de su polla golpeaba en su interior un punto que le producía tanto placer, al igual que la fricción de la entrada y salida constante.
Cerró los ojos, dejándose llevar por el cúmulo de sensaciones, las manos de su guardaespaldas habían subido hasta sus caderas, como si quisiera hacerle saber que no la iba a dejar sola en la tarea. Apretó sus dedos en esta y guió sus movimientos, alzando también su pelvis para hacerlo todo más profundo.
Sintió una de sus manos deslizarse hasta sus nalgas y después un dedo alrededor de su ano, acariciando con suavidad, estimulando. Cuando se quiso dar cuenta de ello ya lo había empujado en su interior, arrancándole un gemido de sorpresa. Su cuerpo la estaba traicionando, pero eso se sentía tan bien que no sabía exactamente qué cosa la estaba llevando al clímax.
Cundo Zabdiel profundizó un poco más la presión del dedo en su interior, Olympia gimió alto, sin importarle ya si alguien la escuchaba o no, incapaz de contenerse cuando el orgasmo le atravesó el cuerpo. Apenas fue consciente de cuando él soltó su nombre en un largo y ronco gemido al alcanzar también su orgasmo.
¿Qué había sido eso?
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Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
