Corrió a su encuentro, con aquel sujeto que empezaba a hacérsele aburrido pisándole los talones, abrió la puerta casi echándola abajo.
Olympia intentó echarse hacia atrás en cuanto lo vio, estaba asustada y dudaba incluso de que ese hombre fuera el mismo con el que tantas cosas había pasado en la isla. ¿Era el Zabdiel que la llevaba en brazos? ¿El que bailaba con ella? ¿El que le compraba ropa?
—Olly, déjame explicarte las cosas antes de que malinterpretes todo —pidió, mirándola con sinceridad, fue entonces cuando sus ojos bajaron hasta sus muñecas, mirando espantado la manera en la que estaba atada—. Por el amor de Dios, ¿cómo coño os atrevéis a tenerla así?
Se acercó a ella, casi pidiéndole permiso con la mirada, ella no la supo interpretar pero aún así le acercó las manos para que se las desatara. Iba a liberarla, ¿no? Entonces que fuera cuanto antes.
Sus miradas conectaron al instante cuando él deshizo los nudos de la cuerda y la desenvolvió de sus muñecas para dejarla caer al suelo. La rubia suspiró aliviada de inmediato y por acto reflejo se llevó las manos a estas para acariciarlas.
—¿Qué está pasando, Zabdiel? ¿Qué haces tú aquí...? —preguntó en un hilo de voz, sin atreverse a preguntar porqué había matado a aquel hombre.
—Yo... —se pasó una mano por el cabello, tomando una profunda respiración—. Vine a por ti, Olly, te prometí que daría la vida por ti y aquí estoy.
—¿De qué lo conoces?
Bajó la mirada, sintiéndose impotente, y cuando volvió a levantarla luchó para que no se notaran las lágrimas que tanto buscaban salir. No podía llorar, no delante de ella, ni mucho menos delante de él. No podía hacerlo en aquel momento.
—Olympia —susurró su nombre completo como pocas veces había hecho, anunciando de antemano que se venían malas noticias—, él es mi padre.
Negó con la cabeza, sintiendo que la información le haría estallar esta en mil pedazos. ¡Su padre! Aquel del que pocas veces había hablado, pero en todas ellas lo pintaba como un hombre malo y violento, uno que era mejor tener lejos. El hombre que le arrebató la felicidad todas las veces que creyó encontrarla y que al parecer seguía haciéndolo, había cosas que no cambiarían nunca, ¿no?
—Zabdiel, no...
—Si —susurró—. Y lo siento muchísimo, yo jamás quise que esto pasara, yo ni siquiera quería volver a verlo en mi puta vida y aquí estoy, ¿vale? Por ti, para llevarte de vuelta a casa y dejarte vivir esa fantasía de princesa rebelde que todavía tienes.
—Estás enfrentándote a tus peores pesadillas por mi —murmuró casi sin creérselo.
—Haría lo que fuera por ti, lo que fuera —admitió, dejando un beso en su frente para después girarse a su padre, que los observaba con una sonrisa burlona en los labios desde la puerta.
Si, había sido bonito incluso para él, estaba encantado de que su hijo disfrutara de lo que se hacía llamar amor, pero no con ella. ¿Por qué de tantas mujeres que había en el mundo tenía que ir justo a fijarse en la que no debía?
Le sostuvo la mirada durante unos segundos, queriendo adivinar su próximo movimiento, sabía de sobra que quería matarlo pero que no lo haría frente a ella, era una chica delicada que si le salpicaba la sangre en la cara se espantaría. Casi se le escapa la risa sólo de pensárselo.
—Bueno, ahora contaré yo la otra parte —murmuró él—. Los finales felices nunca son mi punto fuerte, siento que son poco realistas. Seamos sinceros las historias con final feliz son así porque los escritores detienen la escritura. ¿Que pasaría si escribiesen todo y no terminase en un epílogo? Terminaría mal, porque todo en esta vida termina mal. El amor se acaba, nada es para siempre, y aunque lo fuera... La gente muere, si una pareja llega juntos a los ochenta ya es digno de celebración porque después de eso todo decae.
—¿Esa es la parte que realmente te interesa contar? —cuestionó Olympia—. Decir que la gente muere es algo obvio, no necesitamos que lo recuerdes.
—Esa era solo una aclaración, desde luego que lo que tengo que contar no tiene nada que ver con eso —sonrió, satisfecho por la interrupción y por la inteligencia de la joven. No muchas se atreverían a hacerlo en su posición. Quizá en el fondo no había elegido tan mal—. Tú, Olympia, no eres más que una misión que el idiota de mi hijo decidió entorpecer. La idea es acabar con la monarquía, matar a las personas que contengan sangre real en las venas... Él solo es un estúpido con complejo de héroe que no dudó en pasarse al bando contrario. No le importaste nunca en lo más mínimo, lo único que le importaba era ganar esta batalla con el fin de verse superior a mi, de vencerme y dejarme claro que él es mucho más que yo. ¿No es así, Zabdiel?
—No tienes derecho a hablar por mi —espetó, sintiéndose culpable porque entre tantas mentiras había muchas verdades. Si lo decía ahora parecería que le estaba dando la razón y no podría soportar ver la cara de la princesa una vez más con la expresión de decepción dibujada en ella—. Mi vida es mía, mis decisiones son mías. No puedes creerte el puto centro del mundo y creer que todo lo que hago es por y para ti. Tengo más vida aparte de ti, siempre la tuve... Y para tu maldita información, ella es mi vida ahora, no sé cómo ni cuando pasó exactamente, solo sé que de un día para otro sentí que si no la tenía cerca no podría respirar.
Por primera vez en su vida estaba dispuesto a luchar por lo que quería. Él a ella la amaba. Tenía razones de sobra para iniciar una lucha que quizá, solo quizá, ya estaba perdida incluso antes de iniciarla.
En la mafia lo que empieza como una mentira, termina como una muerte. Siempre había sido así y no cambiaría ahora.
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Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
