Capítulo 15

55 6 2
                                        


Le habría gustado tumbarse allí a su lado, soltar un suspiro de alivio y tal vez, solo tal vez, abrazarlo como si se trataran de una pareja de enamorados.

Pero eso no fue lo que pasó, en su lugar decidió levantarse, arrebatarle el vestido y ponerlo en su cuerpo porque los sentimientos no deberían de estar presentes, aquello sólo era sexo, sin compromiso, sin ataduras, sin etiquetas. No podía cagarla haciendo que su corazón latiese de manera desenfrenada por algo que él provocaba. Acababa de huir de un tío, no podía atarse a otro así sin más.

—Olympia... —murmuró su nombre en cuanto se levantó, vistiéndose también y guardando sus diminutas bragas en su bolsillo. Ella le devolvió la mirada de manera circunspecta, tan formal como había sido siempre. Esa mirada que no había tenido con él en ningún momento fue suficiente para que se le encendieran las alarmas—. ¿Qué ha pasado? ¿No te ha gustado? Lo siento, no volveré a meter mis manos donde no las quieras, no tenia derecho a adueñarme del polvo que tú estabas liderando tan bien. Lo lamento, en serio, solo fue producto del deseo pero no volveré a hacerlo.

Ella cerró sus ojos tomando una profunda respiración, le era tan difícil no caer si tenía todo lo que le gustaba para mantenerse allí de rodillas si se lo pedía. La ponía a mil con solo una mirada pero también era capaz de que su estómago se encogiese dentro de su cuerpo. ¿Por qué tenía que ser todas sus debilidades?

—No, no volverás a hacerlo porque no volveremos a acostarnos —señaló—. Pensaba que podía lidiar contigo, pero me gustas y si seguimos enrollándonos me vas a gustar todavía más. Quizá para ti sea el menor de tus problemas, pero yo no quiero que esto vaya a más.

Él no quitó los ojos de ella en ningún momento, le tenía tal aprecio que no importaba cual fuera su decisión; iba a respetarla. Al fin y al cabo de eso se trataba su trabajo, ¿no? Hacer lo que ella quisiera, estar bajo su mandato.

—Todas las personas que me importan se terminan alejando de mi, pero nunca por buenos motivos, este es el más ridículo que he escuchado —no puedo evitar decir—. ¿Crees que enamorarte de mí sería un problema? Bueno, gracias por la parte que me toca, no sabes cuán feliz me deja eso.

—Zabdiel...

—Tú has hablado antes, creo que es mi turno de hacer confesiones sobre mi vida privada —susurró, guardando sus manos en los bolsillos de su pantalón, mirando hacia cualquier lado que no fuera ella—. Mi padre mató a mi madre cuando yo era pequeño, lo hizo frente a mis ojos, sin importarle una mierda si podía dejarme un trauma o algo por el estilo. No sé si te has fijado, quizá no, pero tengo una cicatriz en el costado derecho de mi cuerpo, se debe a que poco después de su muerte intentó lo mismo conmigo... Me dejó una marca de por vida, claro. Mi padre siempre fue un tipo con poder, nunca pisó la cárcel. Yo solo quería ser fuerte como él con el fin de hacerle frente algún día, pero veo que cuanto más lo intento peor es.

—No tenía ni idea —murmuró por lo bajo, sintiéndose la peor persona del mundo por hacerle recordar episodios de su vida que de seguro le dolían más que nada en el mundo—. Lamento mucho todo lo que pasó con tu padre.

—Ella fue la primera persona que me importó —admitió en voz baja—. Más tarde fue Owen, mi mejor amigo, pero se encargó de alejarnos. A día de hoy no tenemos contacto, lo perdimos hace años y ninguno puso de su parte para recuperarlo. Sé que hay chantaje de por medio, amenazas incluso... Pero bueno, fue su culpa, yo sé que no hice nada malo y tengo la cabeza muy tranquila.

—A mi no me has perdido —le hizo saber, mirándolo apenada.

—Me estás diciendo que quieres tomar distancia para no enamorarte de mi, ¿por qué diablos ese es un problema? ¿Es por la realeza? Pensé que habías dejado atrás eso de ser ideal a los ojos de los demás. Deja el puto miedo, Olly, la vida es solo una y no te vas a permitir disfrutarla si te la pasas conteniéndote —aconsejó—. Es tarde, deberíamos de volver al hotel.

Con eso dio por zanjado el tema, Olympia entendió que no debía insistir así que se calló aunque le costara horrores hacerlo. Tenía tanto que decir, tanto que expresar que no sabía ni muy bien cómo había de hacerlo.

A veces la clave estaba en hablar menos y demostrar más.

Al llegar al hotel le besó los labios casi con timidez y después corrió a su habitación como si se tratara de una adolescente indecisa, pero confundiendo también a su guardaespaldas, ¿primero le decía que era mejor alejarse y después se comían los morros como si nada?

Definitivamente las mujeres eran raras, indecisas e impredecibles.

Pero ese era el menor de sus problemas, la tempestad venía siempre después de caer apenas unas gotas y eso solo habían sido gotas en un día que no pareció ser lluvioso.

Se acomodó en la cama y pasó ambas manos por su cabello, despeinándose, antes de tomar su teléfono y buscar en sus contactos el número de Owen. Para cuando lo marcó, dispuesto a no seguir perdiendo, una amarga sensación lo envolvió nada más escuchar "el número que marca no existe", ¿realmente no existía? ¿Qué tantas cosas habían pasado en su ausencia?

Tiró este a algún rincón de la habitación y cerró sus ojos más frustrado que nunca, solo habían pasado un par de cosas, cosas que le importaban más de lo que le gustaría admitir en voz alta. Había sido entrenado para dar su vida por alguien si eso era necesario y él acababa de decir quien sería ese alguien, ya no solo por dinero, por lealtad y por compromiso, estaba harto de perder a quienes se acercaban de más a él, no se permitiría que una princesa ideal sufriera también sus consecuencias.

Una princesa idealDonde viven las historias. Descúbrelo ahora