Bailó contra su cuerpo, sintiendo la música retumbar en su pecho por lo alta que estaba y se remojó los labios con la lengua. Zabdiel estaba en su mismo estado: disfrutando. Sonrió con picardía y deslizó su mano de manera discreta por su abdomen, la detuvo en su entrepierna para darle un ligero apretón.
—Olly... —murmuró entre dientes para advertirla—. ¿Qué pretendes?
—Ponerte duro —admitió, alzando la mirada para regalarle un ligero e inocente pestañeo—. ¿Lo estoy consiguiendo?
—Cariño, me has puesto duro con solo ponerte ese vestido, imagínate cuando bailas pegada a mi cuerpo... ¡O cuando me tocas la polla de esta manera! Lo raro sería que no lo consiguieras.
Sonrió satisfecha, sabiendo que era cierto lo que decía porque lo estaba sintiendo bajo su tacto. Más no era suficiente, quería sentirlo, pero sentirlo bien, de manera correcta y caliente. Sentir su cálida piel en sus dedos, su sabor en su boca...
Le cambió el semblante al ver como sus ojitos delataban sus perversas intenciones.
—Uhm, realmente quieres hacerlo, ¿eh? —le acarició la mejilla con sus nudillos.
—Si —declaró en un susurro—, quiero chuparte, lamerte, morderte...
El guardaespaldas siseó, sintiendo como su polla se crispaba bajo la tela de su pantalón, apretándolo más y más.
No era el lugar adecuado para ponerse caliente, tenían gente a su alrededor pero estaban centrados en sus bailes así que... ¿Que les impedía correr a los baños y actuar como un par de jóvenes hormonales?
—¿Y esperas una invitación para hacerlo, cariño?
—No, solo que tú tuvieras las mismas ganas de hacerlo que yo —admitió, tomando su mano para hacerse hueco entre la gente y dirigirse al baño seguida de él. Había dos chicas arreglándose el maquillaje y haciendo fotos en el baño, pero al verlos llegar entendieron rápidamente la situación.
Ambos se aguantaron las ganas de reír y entraron en uno de los cubículos para mayor privacidad. No era el lugar adecuado y básicamente parecían un par de adolescentes, pero en el momento no pareció importarle a ninguno de ellos.
Posó su mano en su nuca y la atrajo hasta su boca, robándole el aliento con tan solo un beso. Su mano se deslizó hasta su cuello y ascendió su pulgar a sus labios, separando estos sin despegar la mirada del intenso color de sus ojos.
—Eso es... Separa esos labios rojos para mi —susurró, empujando su dedo en el interior de su boca, haciéndola jadear de la impresión.
Su lengua trazó la yema de este y sus dientes se unieron a la acción poco después, raspándolo de manera suave, haciéndole que saber que no tendría problema en usar su boca si así era necesario.
Un jadeo involuntario se escapó de los labios del guardaespaldas. Si, era obvio que sabía lo que hacía con la boca y así se lo estaba haciendo ver con su dedo, dándole más ganas de tenerla de rodillas y con sus labios cubriendo su polla.
—Ponte de rodillas —indicó, con la voz enronquecida por el deseo. Ella le dedicó una candente mirada antes de acatar su orden, evitando quejarse cuando sintió el frío calar su piel, valdría la pena aguantar eso.
Desabrochó su pantalón y bajó la cremallera a un ritmo lento, torturándolos a ambos, para liberar su polla segundos después. Olympia abrió la boca dispuesta a tomarla, pero él prefirió acariciarle con los labios con la punta de su glande antes de empujarla dentro de su boca, dejando que fuera ella quien chupara a su gusto.
Se le escapó un jadeo en cuanto probó su líquido preseminal en su paladar, pareció gustosa, después de limitó a llevar su mano derecha a la base de esta para acariciar con sus dedos lo que no llegaba a cubrir con los labios. No tenía la garganta tan profunda por más que quisiera probar a adentrarla por completo.
—Despacio, cariño —siseó, acariciándole el cabello—. No hay prisas ni tampoco necesidad de que te ahogues.
Las mejillas se me tornaron rojas en cuanto lo escuchó pronunciar esas palabras, levantó la cabeza y conectaron miradas de manera cómplice. A continuación, siguió a un ritmo que él mismo le estableció al empujar sus caderas contra su boca y después retirarlas. Intercaló boca, lengua y mano de una manera excitante, definitivamente sabía lo que hacía y eso a Zabdiel le gustaba.
Le advirtió que se correría en su boca si no se detenía pero a ella eso le incitó a no detenerse, consiguiendo así que su guardaespaldas echara su cabeza hacia atrás mientras soltaba un par de maldiciones en su idioma natal cuando alcanzó el orgasmo y dejó que su semen terminara en la garganta de la rubia.
—Pensé que no eras de hablar griego, pero maldición, ha sido incluso más caliente que hacerte un oral —se relamió los labios, buscando todavía aquel sabor que él le había dejado en la boca.
—Solo lo uso para maldecir —admitió casi avergonzado, después la tomó de los brazos para levantarla del suelo y la besó, mordiéndole los labios como tanto deseaba hacer desde que la tuvo de rodillas frente a él—. Yo pensaba que las princesas no se arrodillaban por nadie, que era la gente quien lo hacía frente a ellas.
—Oh, créeme que no nos arrodillamos por cualquiera —le guiñó un ojo y se tomó el atrevimiento de volver a vestirlo—. Así que siéntete privilegiado.
Le besó los labios una vez más antes de abrir la puerta y salir como si nada, metió su mano en su escote y sacó de allí el labial para poder retocar sus labios y que quedara perfecto. Zabdiel quedó estupefacto con la acción y parpadeó desconcertado.
—¿Me estás diciendo que llevaste toda la noche el pintalabios entre tus tetas?
—Obvio —murmuró divertida—. Privilegios.
—Literalmente podrías decírmelo y te lo guardaba en el bolsillo sin ningún problema.
—Y perdería toda la gracia, ¿no crees? —sonrió con diversión mirando su reflejo en el espejo, movió sus labios el uno contra el otro y asintió ligeramente dándose la aprobación de que estaban más que bien.
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Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
