Disfrutaron del desayuno como si no hubieran comido antes en su vida, a veces los mejores manjares venían acompañados de... Bueno, de risas, de amor, de cosas cursis como en las novelas. En su caso vino acompañado de una intensa jornada de sexo oral, Olympia ya había tenido el gusto de probarlo, pero Zabdiel se deleitó entre sus piernas, por un momento se olvidó por completo de que eso debería de terminar en algún momento. Por mucho que le gustara tener su boca alrededor de su coño, no podía estar así todo el día, así que después de tres orgasmos dejó que sus piernas descansaran tranquilas en el colchón.
El colchón que había terminado mojado, claro. Pues el último orgasmo no vino solo, trajo consigo un squirt que le empapó los labios al guardaespaldas y que le hizo sonreír como un bobo al ver que era el primero de la princesa. Le temblaron las piernas y un grito se escapó de su garganta al darse cuenta de lo sucedido, sus mejillas tornaron rojas de inmediato por la vergüenza ante lo desconocido y por como había quedado el colchón después de ello.
—Debería de vestirme —susurró, soltando el aire que estaba reteniendo en los pulmones.
—Deberías de relajarte —aconsejó, dejando un beso en cada una de sus mejillas—. Y después vestirte, eso siempre puede esperar, me gusta tenerte desnuda.
—Ya, soy consciente de eso, pero si sigo desnuda no saldremos más de la habitación —resopló con fingida molestia, pues estaba más que dispuesta a encerrarse en la habitación si iba a pasar un rato tan entretenido como hasta el momento. Zabdiel sabía bien lo que hacía con los labios y con la lengua, era experto en llevarla a la gloria. Estaría loca si dejara escapar a un chico así.
—No sabía que eso fuera un problema —se mofó, recorriendo su cuerpo con la mirada como si no lo hubiera mirado ya suficiente.
—¡Ese es justo el problema! —exclamó—. Es un problema que no sea un problema.
—Juro que nunca entenderé a las mujeres —decretó, alzando sus manos con inocencia para después salir de la habitación para darle su espacio al momento de vestirse.
El teléfono vibró en su bolsillo. Recordó entonces su compañía no deseada en la isla y rogó a todos los cielos que nos e tratara de él, no sabría cómo quitarse el mal humor de encima si volvía a tener que hablar con alguien a quien detestaba tanto.
Para su buena suerte no era su hermanastro, se trataba de uno de los guardias reales, concretamente de uno de los más cercanos al padre de Olympia. Frunció su ceño confuso ante el inesperado mensaje y en cuanto entró a su chat supo que casi era mejor que fuera el otro.
"Zabdiel, me has caído bien en el tiempo que estuviste aquí y por eso estoy en la obligación de informarte que ya saben que te encuentras con Olympia. Sin embargo, no se lo han tomado tan bien, te acusan de haberle metido ideas en la cabeza y no sé qué más... Creo que saben dónde estáis porque se filtraron algunas fotos. Van a ir, es más que seguro, ella volverá a casa y tú por lo visto te irás también a la tuya porque dudo que te quieran trabajando para ellos después de esto. Lo siento."
Mucho texto.
Quiso responderle con un "ok", al igual que pensó en la idea de dejarlo en visto, pero su educación no se lo permitió. Terminó dándole las gracias por haberlo avisado, y tras apagar su teléfono lo tiró con rabia.
Olympia, que salía justo en aquel momento de la habitación se quedó de piedra al verlo hacer semejante cosa. Hasta el momento nunca había sido bruto, todo lo contrario, le demostró que los hombres podían llegar a ser lo más dulce del planeta.
Él se dio cuenta al alzar la mirada y se arrepintió al instante de lo que había hecho, no había sido su mejor impulso y menos si ella estaba allí para verlo.
—Lo siento —susurró, pasándose una mano por el cabello.
—¿Que ha pasado para que reacciones así...? Tú sueles ser todo lo contrario a agresivo —se acercó a su teléfono para recogerlo del suelo, lamentándose al ver la pantalla completamente rota, y se lo extendió. No iba a encenderlo, pues aunque lo hiciera no serviría de nada si no se sabía el pin para desbloquearlo después.
Quiso reclamarle que eso no lo sabía. No lo conocía lo suficiente como para poder decir que no era agresivo, ella había visto de él lo que él le quiso mostrar. Nadie en su sano juicio, por muy violento que fuera, lo demostraría.
Excepto en los libros, claro. Pero porque tenían tendencia a enamorarse de los malos... Y de los malos no había que enamorarse nunca.
—Tu padre viene para aquí para llevarte de vuelta a casa y a mi a mandarme a la mierda —le hizo saber—. Perdona de nuevo por verme así, pero no pude evitarlo.
Olympia meditó su respuesta unos segundos, sonrió con los labios pegados y dio un ligero asentimiento con la cabeza, moviendo su cabello al mismo tiempo.
—La isla de Sikinos está al lado de esta, hay barcos a todas horas porque bueno... Esto es Grecia, solo tenemos que recoger nuestras cosas e irnos pitando, mi padre que mande en su vida que nosotros ya somos adultos y sabemos mandar en la nuestra.
Tenía mucho que refutarle a esas palabras, pero la rubia despareció de su vista para poder tomar sus cosas, no estaba mal la idea de ir cambiando de isla de vez en cuando.
Suspiró, rendido, a ese punto no sabía cuál sería la mejor solución. Quizá todos los guardias que tenían podrían protegerla mejor que él... No. Esos incompetentes darían la vida por su padre porque era quien les pagaba, pero no darían la vida por ella como él.
La mejor opción siempre sería ir con ella a dondequiera que fuera.
Hay personas que se enganchan de otras personas y después simplemente no quieren dejarlas ir.
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Una princesa ideal
RomansaOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
