Huérfano y sin nadie con quien conectar, Nathanael solo cuenta con la compañía de su vieja camioneta y la voz de su conciencia.
Resignado a vivir en soledad, descubre que su verdadera naturaleza le tiene preparados otros planes. Nate se embarcará en...
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En la madrugada, cuando le dieron la noticia de que uno de sus escuadrones había sido llamado al otro lado del mar por una emergencia, Aghata Byers se esperó lo peor. Sabía que cada misión representaba un riesgo para sus protegidos, sobre todo, para Camille a quien quería tanto como a sus hijas; sin embargo, desde el primer día que acogió a su sobrina en el monasterio y le permitió entrenarse como soldado, estuvo consiente de que su vida siempre estaría en peligro y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Como en todas las misiones, confió en la fuerza y liderazgo de Camille, sin dejar que sus miedos interfirieran en su trabajo. Al fin y al cabo, la misión que le habían encomendado no parecía ser tan peligrosa como había pensado, solo tenían que capturar a un elfo descarriado y estaba segura de que su sobrina, podría sola con ese mandado.
No obstante, lo que nunca se imaginó es que Camille volviera con un hallazgo tan increíble entre sus manos. Aghata no era una mujer joven, a pesar de que su contextura y su piel dijeran lo contrario, rondaba los setenta años; aunque claro, para un elfo, los setenta eran los nuevos cuarenta.
Pasó la mitad de su vida adquiriendo conocimientos, mejorando sus habilidades y ganando experiencia elfos importantes, todos los movimientos y decisiones que hizo en el transcurso de su vida la habían llevado a ser esa sabía mujer que pensó, que lo había visto todo para ese entonces.
Es por ello, que tener en frente algo que consideraba imposible, logró destruir todas sus barreras. La vida de un elfo entre los humanos no era algo fácil. Gaia se había encargado muy bien de que ambas razas no fueran compatibles, desde el olor desagradable que desprendían los humanos, hasta el poco interés que despertaban en un elfo, sin importar que agradables o simpáticos eran, no había manera de que un humano resultara atractivo para uno de los suyos.
Imaginarse a un bebé, solo entre humanos, incapaz de sentir el cariño de su gente era algo monstruoso, despiadado y bestial que alguien podía haber hecho. Su corazón se arrugó al ver al pobre joven temblar en el suelo, hecho un ovillo mientras se esforzaba por ocultar sus lágrimas.
A pesar de que Aghata era conocida por tener mano de hierro y carácter fuerte, ese chico abandonado consiguió sacar a flote todos los instintos maternales que no usaba desde que sus hijas se habían marchado a la capital.
Nate tomó su mano, todavía con los ojos humedecidos, pero con mucha seguridad en su agarre. Aghata agradeció no haber nacido con la habilidad de la empatía desarrollada, estaba segura qué de ser empática, las emociones del joven la abrumarían.
Por medio de su palma, viajó a sus recuerdos a la velocidad de un respiro. Observó a través de sus ojos, todo lo que el chico había visto en las últimas veinticuatro horas y sintió, un atisbo de las emociones que lo embargaron en ese tiempo. El odio que sintió al descubrir que no era humano, el dolor que Alina le hizo pasar, la valentía de enfrentarse a un mestizo, con tal de salvar a quien creía indefenso y, sobre todo, como los ojos de Camille lo habían hechizado.