Capítulo XXXV

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El escudo finalmente había caído

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El escudo finalmente había caído. Cientos de bestias se apilaban contra los pequeños escudos que los alquimistas creaban para impedir que llegaran a la muralla; hace casi una hora que se esforzaban por mantener a Caledonia de pie.

—­Espero que estes feliz —­la voz de Aurora era un sonido muerto que lograba poner la piel de gallina a cualquiera que la escuchara, jamás había estado tan decepcionada—­. Esto lo ocasionaste tú.

—­Miqueas me prometió que nadie saldría herido —replicó William.

—­Bueno, hasta el momento hemos perdido dos alquimistas y tenemos un telépata en coma. Son jóvenes que no llegan ni a los veinte años..., ¿nadie saldrá herido?, ellos son los primeros de muchos más si no nos permites contactar a los refuerzos. —­William observaba el horizonte, si el domo había caído no fue gracias a los esfuerzos del enemigo.

Camille apretó el anillo inhibidor de poder entre sus manos con tanta fuerza que pensó que lo rompería, el silencio de William era ensordecedor y ya no podía contenerse más.

—­Déjenme ayudar, mi clan no soportará mucho tiempo, no podemos perder más telépatas —­Aghata y Aurora la miraron en silencio por unos minutos que se le hicieron eternos.

—­Eres nuestro último recurso, tienes que conservar tu energía para cuando sea necesaria —­dijo Aghata observando a la línea de telépatas en la muralla, encargados de proteger las mentes de los alquimistas para que no llegaran a ser corrompidas, los más inexpertos sudaban y algunos ya comenzaban a sangrar por la nariz.

—­¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada! —­gritó Camille arrojando el aro al suelo, el estruendo metálico resultado del impacto contra el piso de piedra hizo saltar a William—­. Si no quiere permitirnos buscar refuerzos, lo obligaré —­concentró de nuevo toda su ira en el anciano, no dio ni siquiera dos pasos hacía él cuando una fuerza invisible la detuvo, la misma fuerza comenzó a apretar cada uno de sus músculos, dejándola casi sin oxígeno, de reojo pudo observar a su tía cuyas manos resplandecían.

—­Necesitas controlarte, todos estamos tan molestos y preocupados como tú. No es momento de dejarnos llevar por esas emociones, sobre todo cuando el monasterio entero depende de ello —­Camille tragó en seco cuando fue liberada, inhaló una bocanada de aire acariciando sus magulladas extremidades—­. William, ¿no crees que es suficiente? Miqueas tiene a Nathanael, eso es todo lo que te dijo que quería y a pesar de ello, no ha dejado de atacar. Permítenos pedir ayuda, hay niños inocentes que no merecen vivir esto.

—­Los niños no sufrirán ningún daño...

—­¡Oh por favor, estamos hablando contra un muro! —­por más que Camille intentó mantener la compostura, le fue inevitable no explotar de nuevo, solo que esta vez tomó la dirección contraria y se aferró a la cornisa.

Desde la torre más alta vio a los alquimistas esforzándose, pero cuando un telépata caía por agotamiento, era inevitable perder a un alquimista por el ataque de algún psíquico enemigo.

Al borde del abismo | Trilogía: La torre más alta [Borrador] | #PGP2024Donde viven las historias. Descúbrelo ahora