Capítulo XIII

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El piso estaba en penumbra cuando Lucy y Noah entraron

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El piso estaba en penumbra cuando Lucy y Noah entraron. Las luces mágicas, que normalmente brillaban con un cálido resplandor ámbar, parpadearon débilmente como si compartieran el agotamiento que pesaba sobre sus dueños. El único sonido era el crepitar pausado de la chimenea, cuyos destellos proyectaban sombras danzantes sobre las paredes del salón.

Afuera, Londres dormía envuelta en una bruma espesa. Las farolas de gas, encantadas para resistir la niebla, apenas lograban perforar la oscuridad. Dentro, en cambio, el aire estaba saturado de ansiedad, como si cada objeto de la casa hubiese absorbido lo ocurrido horas antes en el Gran Comedor de Hogwarts.

Lucy dejó caer su bolso al suelo con un golpe sordo y se dejó caer en el sofá sin molestarse en quitarse el abrigo, como si los botones fueran un esfuerzo imposible. Tenía los hombros tensos, las manos frías, pero el corazón golpeaba con violencia, como si intentara escapar de su pecho.

Noah no dijo nada. Se limitó a asentir, desapareciendo en la cocina. Minutos después, regresó con dos tazas humeantes entre las manos. Colocó una frente a Lucy, cuidando de no derramar ni una gota.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, como si temiera romper algo más.

Lucy no respondió de inmediato. Seguía mirando el fuego, absorta en las llamas anaranjadas, como si buscara respuestas en su vaivén. Finalmente, negó con la cabeza con un gesto lento.

—Harry no debería estar en ese torneo —dijo al fin, con un hilo de voz—. No importa lo que diga el Ministerio... es solo un niño. Un niño, Noah. ¿Y qué hice yo? Nada. 

Noah se acercó más, dejando su taza en la mesita. Le pasó la mano por la espalda, un roce apenas perceptible, pero cálido. El tipo de consuelo silencioso que compartían quienes ya no creían en palabras fáciles.

—No es tu culpa, Lucy —murmuró.

—Lo sé. —Pero no lo sabía. No del todo.

Hubo un silencio largo entre ellos. El reloj de la pared marcó las once, luego la medianoche. Noah se quedó dormido en el sillón frente a ella, los brazos cruzados y la cabeza apoyada contra el respaldo. Lucy permaneció despierta, los ojos fijos en el fuego hasta que el resplandor dejó de calentarle el alma.

A las dos de la madrugada, bajó en silencio al estudio. La alfombra ahogaba sus pasos, y el frío le mordía los tobillos. Encendió la lámpara del escritorio con un gesto de varita y marcó un número que conocía de memoria.

El teléfono sonó tres veces antes de que una voz somnolienta contestara desde el otro lado del canal.

—¿Lucy...? —Daniel sonaba confuso, aún adormilado.

Ella respiró hondo.

—Lamento las horas, pero tenía que hablar contigo —susurró, mirando por la ventana hacia la ciudad dormida—. Ha pasado algo. Con Harry.

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