Capítulo XXI

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La mañana en Londres amaneció gris, húmeda y con ese aire frío que se colaba por debajo de la bufanda como un ladrón

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La mañana en Londres amaneció gris, húmeda y con ese aire frío que se colaba por debajo de la bufanda como un ladrón. Lucy caminaba deprisa por el atrio del Ministerio, su capa negra ondeando tras ella, el distintivo de aurora brillando discretamente bajo el broche. El lugar estaba abarrotado; funcionarios agotados, magos de la Comisión de Transportes protestando por el estado de las chimeneas, una bruja discutiendo con un guardia porque su caldero "absolutamente no estaba embrujado". Vamos, lo que venía siendo un día típico en el Ministerio de Magia de Londres.

Noah tenía turno de noche. Lucy odiaba cuando sus turnos se contraponían tanto a su vida, mientras Noah salía, ella entraba y por ende, no se verían hasta después de la hora de comer, cuando su prometido acabaría de levantarse y ella llegaría casi agotada a su piso. Aunque ahora con la estancia de Sirius era un poco diferente, seguramente Noah miraría de mala manera al mago que ahora se alojaba en su cuarto de invitados.

Lucy respiró hondo, dirigiéndose hacia el ascensor. Tenía informes pendientes, una reunión con Shacklebolt y, con suerte, una taza de café decente antes del mediodía. Pero justo cuando las puertas doradas del ascensor se abrieron, un destello rojizo llamó su atención. No, no podía ser, pero lo era. Jamás pensó verle ahí.

—Lucy.

El mundo pareció detenerse. El aire del atrio se volvió más espeso, como si alguien hubiera lanzado un encantamiento amortiguador. Lucy sintió cómo se le encogía el estómago, traicionándola. Bill Weasley estaba allí, casi igual que la última vez que lo había visto, cuando el mundial de Quidditch. El mismo pelo largo y rojo recogido en una coleta, la misma sonrisa tranquila que alguna vez fue su hogar. Y unos ojos azules que parecían preguntarle mil cosas sin pronunciar ninguna.

—Bill —respondió ella, con una voz sorprendentemente firme.

Él se aparto unos pasos, dejándole hueco en el ascensor.

—Vaya... —dijo, con una sonrisa suave—. Creí que te vería aquí algún día, pero no tan pronto. Sigues madrugando más que todos.

Lucy tragó saliva, cruzándose de brazos para recuperar terreno.

—Trabajo aquí, recuerda. Los magos oscuros no se detienen por quedarse dormidos.

—Cierto. —Bill asintió, mirando rápidamente el distintivo de aurora en su capa—. Siempre supe que entrarías en el cuerpo.

Un silencio breve, incómodo, se formó entre ambos. No era hostil, pero sí cargado, como un encantamiento a punto de desatarse.

Lucy decidió romperlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, arqueando una ceja—. Pensé que estabas en Egipto. Enviado especial, runas antiguas, templos malditos... todo eso.

Bill soltó una risa suave, esa risa grave que siempre la había derretido.

—Volví hace dos semanas. Gringotts me ofreció un traslado permanente. Más seguridad. Y... —hizo una pausa—... poderes oscuros moviéndose de nuevo no me parecían buena señal para estar tan lejos de mi familia.

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