Capítulo XVI

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El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas de la cocina, tiñendo de oro pálido los muebles y haciendo brillar el vapor que salía de la cafetera mágica

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El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas de la cocina, tiñendo de oro pálido los muebles y haciendo brillar el vapor que salía de la cafetera mágica. Lucy bajó descalza, envuelta en su bata de lana gris, con el cabello aún revuelto de la noche anterior. A pesar del cansancio que tenía por todo el cuerpo, sus pasos eran ligeros, casi silenciosos, como si el peso que llevaba encima desde hacía semanas se hubiera aflojado ligeramente.

En la cocina, Sirius estaba sentado a la mesa con una taza de café humeante entre las manos. El Profeta matutino descansaba extendido frente a él, aunque no parecía prestarle demasiada atención. Tenía la mirada distraída, los pies descalzos estirados hacia el calor de la chimenea que él mismo debía haber prendido, y una sonrisa ladeada que Lucy conocía demasiado bien desde su infancia: traviesa, cómplice, y a punto de meterse en problemas.

—Buenos días, durmiente —saludó sin alzar la vista, como si supiera exactamente quién era solo por el sonido de sus pasos.

—Buenos días —respondió Lucy con voz ronca, frotándose un ojo—. ¿Hay café o me muera?

—Siempre hay café si estás bajo mi techo —replicó él, alzando la varita para que la cafetera sirviera otra taza humeante—. Y sí, antes de que preguntes: Noah ya se ha ido. Hace más de una hora, creo que resopló tres veces antes de cerrar la puerta.

Lucy se sentó frente a él y dejó escapar un suspiro mientras tomaba la taza con ambas manos.

—¿Tu techo? No sabía que te habías adueñado de mi casa —bromeo la pelirroja—. Supongo que Noah se fue con un aire de "tengo mil cosas urgentes que hacer y ninguna tiene que ver con el fugitivo que duerme en mi sofá", ¿verdad?

—Exactamente ese aire —asintió Sirius, esbozando una media sonrisa antes de volver a mirarla, esta vez directamente—. Aunque se le va a torcer el gesto si sigue apretando tanto la mandíbula. ¿Siempre ha sido así de serio o te tocó uno de esos raros que se olvidó de cómo relajarse?

—No es tan serio —dijo ella, bebiendo un sorbo de café—. Solo... tiene muchas cosas en la cabeza. Es meticuloso. Responsable.

—¿Y tú? ¿Te gusta eso?

Lucy lo miró de reojo, divertida.

—¿A qué viene esa pregunta?

—A que soy viejo, estoy aburrido, y me encanta incomodarte por las mañanas —respondió él con total naturalidad. Luego dejó la taza sobre la mesa, entrelazó los dedos y alzó una ceja—. Por cierto... dime, Lucy... ¿sabes usar el hechizo Muffliato?

Ella parpadeó, desconcertada.

—¿Qué?

Muffliato —repitió él, con voz inocente pero mirada brillante de picardía—. Ese encantamiento que impide que los sonidos se escapen. Ideal para discusiones intensas... o para lo que ocurrió anoche.

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