Capítulo XVIII

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La nieve caía con delicadeza sobre Londres, cubriendo tejados, balcones y faroles con un manto blanco que parecía amortiguar hasta el sonido del tiempo

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La nieve caía con delicadeza sobre Londres, cubriendo tejados, balcones y faroles con un manto blanco que parecía amortiguar hasta el sonido del tiempo. En el interior del piso de Lucy y Noah, el frío del exterior no tenía hueco. Después de muchos años de cenas de Navidad un tanto solitarias, aquella noche una calidez chispeante reinaba la casa, alimentada por el crepitar del fuego en la chimenea y las luces encantadas que flotaban como luciérnagas sobre el árbol de Navidad. Las ramas del abeto, alto y perfectamente simétrico, estaban cubiertas con escarcha artificial que relucía como si cada copo hubiera sido encantado. Entre las decoraciones danzaban figuritas en miniatura de ciervos, fénix y un dragón que resoplaba humo de vez en cuando.

Unas guirnaldas flotaban por la habitación, alternando entre rojo y dorado. El aire olía a canela, clavo, chocolate caliente y galletas recién horneadas, y se escuchaba de fondo una versión a capella de "Noche de Paz" interpretada por un grupo de duendecillos navideños dentro de una bola de nieve mágica en la repisa.

Daniel y Kathleen habían llegado esa misma mañana desde París, cargando una caja llenas de regalo y un ramo de flores que nunca se marchitarían. Rebecca y Ashley, sus hijas no estaban, las dos se había quedado en Hogwarts. Lucy había visto a Ashley, la noche anterior, desde las sombras del Gran Comedor, bailando con George Weasley durante el Baile de Navidad. Se le notaba feliz. Y eso bastaba.

—¿Has dicho George Weasley? —preguntó Daniel con una ceja levantada, dejando su copa de vino sobre la mesa.

—Lo dije —respondió Lucy, con una sonrisa divertida mientras colocaba una bandeja de dulces franceses sobre la mesa del salón—. No te metas con él. Es un encanto, aunque un poco peligroso con las bromitas.

—¿Encanto? ¿No es uno de los hermanos gemelos bromistas de tu ex William?

—El mismo —confirmó Lucy, guiñando un ojo a su hermano.

Del sofá estalló una carcajada estruendosa. Sirius, acurrucado con una copa de vino en la mano y un ridículo gorro rojo con un pompón flotante —que Kathleen le había obligado a ponerse con una mirada que no admitía réplica—, estaba contando una historia de los Merodeadores. Su voz se alzaba clara, teatral, arrastrando a todos con su humor vibrante. Al otro lado del sofá, Remus le escuchaba con media sonrisa, algo más sobrio, pero visiblemente cómodo, con una bufanda tejida que colgaba de su cuello.

—...y entonces James lanza el hechizo Glacius, convencido de que atrapará a Snape. Pero claro, lo hace mientras Peter está intentando pasar por encima del charco congelado. ¿Y qué pasa? ¡Bum! Peter se resbala, Snape se agacha, y James se queda empapado. ¡Empapado y colgando boca abajo con sus propios pantalones congelados! —exclamó Sirius, entre carcajadas, con los ojos chispeantes como si tuviera quince años otra vez.

El salón entero estalló en risas. Daniel golpeó con suavidad la mesa con la palma de la mano, Kathleen dejó escapar una risa elegante desde su lugar junto al fuego, y hasta Remus sonrió ampliamente, cubriéndose la boca con la mano para disimular.

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