Capítulo XXIV

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El 4 de marzo amaneció silencioso en Londres, con una nieve fina que caía despacio, como si el cielo también caminara con cautela alrededor de Lucy

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El 4 de marzo amaneció silencioso en Londres, con una nieve fina que caía despacio, como si el cielo también caminara con cautela alrededor de Lucy. Era su cumpleaños número veinticuatro y, aunque no se sentía exactamente en un estado celebratorio, había una especie de calma que no había logrado sentir desde antes del ataque. Noah apareció en el dormitorio con dos tazas humeantes de café.

—Feliz cumpleaños —susurró, inclinándose para besarla.

Lucy sonrió débilmente.

—No sé si me merezco felicidades —dijo, medio en broma.

—Te las mereces todas —respondió Noah con firmeza—. Especialmente hoy.

Ella lo miró con ojos cansados, pero agradecidos. Noah no era perfecto, ninguno de los dos tenía fuerzas para fingir que estaban completamente bien, pero allí estaba, cuidandola. Siempre estaba. 

Después de desayunar un poco, Lucy se envolvió en su abrigo más grueso, uno que había heredado de su madre. Cuando entró al salón, encontró a Sirius esperándola... o más bien, intentando no parecer molesto mientras rondaba cerca de la ventana como un gato encerrado.

—Ni se te ocurra —dijo Noah antes de que Sirius abriera la boca.

Sirius puso los ojos en blanco.

—¿Qué? ¡Solo iba a desearle feliz cumpleaños a mi hermana postiza favorita!

—Soy tu única hermana postiza —replicó Lucy, cruzándose de brazos.

—Por eso eres la favorita. Estadísticamente impecable —se defendió él.

Noah suspiró.

—Sirius... no puedes ir a Hogsmeade. No hoy. No con cientos de estudiantes allí. No con dementores en los alrededores.

Sirius adoptó una expresión ofendida y dramática, como si le hubieran dicho que debía renunciar a la capa de invisibilidad de James.

—Puedo transformarme. Puedo esconderme. Puedo... 

—No —interrumpió Lucy con suavidad, aunque su decisión era firme—. Sirius, por favor. No quiero pasar mi cumpleaños preocupándome por si te atrapan porque quisiste acompañarnos.

Sirius abrió la boca para protestar, pero al mirarla, vio algo en su rostro: fragilidad, y una determinación triste que no solía tener y eso lo desarmó. Bajó la cabeza y exhaló.

—Está bien... —murmuró—. Pero no me gusta.

—No tienes que gustarte —dijo Noah, poniéndole una mano en el hombro—. Solo tienes que obedecer por una vez.

Sirius fulminó a Noah con la mirada.

—Si dices "perrito obediente" te muerdo.

—No estaba pensando eso —respondió Noah.

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