Capítulo XX

91 10 1
                                        

El invierno seguía ardiendo en Hogwarts

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El invierno seguía ardiendo en Hogwarts. La primera semana de enero cubría los terrenos del castillo con una capa gruesa de nieve que crujía bajo las botas y hacía que cada soplo de aire se sintiera como un cristal helado. Las luces del castillo brillaban a lo lejos, reflejadas en el lago congelado, mientras un grupo de estudiantes caminaba de regreso desde Hogsmeade, riendo, con las mejillas enrojecidas, pero Harry no iba con ellos. Bajo la capa de invisibilidad, se escabullía hacia el Sauce Boxeador.

El mensaje había llegado esa mañana, escondido entre los pliegues de El Profeta que Hedwig le había traído. Cinco palabras escritas con letra elegante y firme: "Casa de los Gritos. Medianoche. —L."

El túnel olía a humedad y polvo. El eco de sus pasos resonaba entre las paredes, hasta que una tenue luz dorada se coló desde el piso superior. Cuando emergió, vio a Lucy esperándolo, llevaba un abrigo largo color borgoña, las manos enfundadas en guantes de cuero oscuro. El cabello, más suelto de lo habitual, le caía en ondas suaves sobre los hombros. A pesar del frío, había color en sus mejillas, ese tono cálido que Harry siempre asociaba con su tía cuando sonreía de verdad.

A su lado, un enorme perro negro estaba echado frente a la chimenea apagada, tan quieto que casi parecía una sombra más entre los tablones carcomidos de la Casa de los Gritos. Sus ojos brillaban de un modo demasiado humano en la penumbra, siguiendo cada uno de los pasos de Harry mientras avanzaba.

El joven apenas tuvo tiempo de abrir la boca para saludar cuando el perro se levantó de un salto ágil, sacudiéndose la nieve seca de su pelaje. Un destello plateado envolvió su silueta, y en cuestión de segundos, ante él no había un animal, sino un hombre alto, delgado y de rasgos intensos.

Sirius tenía la barba descuidada, pero ya no era la sombra escuálida que Harry había visto salir de la cueva meses atrás. Había más color en su rostro, más vida en sus ojos grises. Harry parpadeó. La capa de invisibilidad se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un susurro.

—¡Sirius! —exclamó, con los ojos muy abiertos—. ¡Tú...! ¿Qué... cómo...?

Sirius sonrió como si la sorpresa fuera lo más natural del mundo. Se cruzó de brazos, adoptando su pose favorita de héroe clandestino.

—Llegas tarde, Harry —dijo, con esa chispa de travesura en la mirada—. Ya pensábamos que Filch te había adoptado como su nuevo gato. ¿No pensabas verme esta noche?

Harry retrocedió un paso, balbuceando entre incredulidad y risa.

—No... no, claro que no. Pensé que estarías... ya sabes... lejos. Muy lejos.

Lucy salió desde detrás de Sirius, quitándose la bufanda alrededor del cuello. El abrigo largo, del mismo tono profundo, hacía que su piel se viera aún más clara a la luz mortecina. Su expresión era tranquila, pero había en su mirada un calor instintivo, protector, que a Harry siempre le reconfortaba.

Los otros PotterHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora