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El Gran Comedor había sido transformado en un gran salón para el baile de Navidad. El techo encantado, que normalmente mostraba el cielo, ahora reflejaba un firmamento nocturno despejado con copos de nieve que caían lentamente, sin llegar a tocar a los presentes. Guirnaldas de muérdago y ramas de acebo colgaban de los candelabros flotantes, y largas mesas repletas de delicias invernales rodeaban la pista central, donde se abría el espacio reservado para el baile inaugural de los campeones.
Una música suave, etérea, comenzó a sonar desde un cuarteto mágico colocado discretamente en la esquina del salón. El murmullo de los asistentes cesó. Todas las miradas se volvieron hacia el centro de la sala cuando las puertas doradas se abrieron y los campeones hicieron su entrada.
Fleur Delacour fue la primera en aparecer, envuelta en una túnica plateada que resplandecía como escarcha a la luz de los encantamientos. Caminaba con la gracia de alguien que sabía exactamente el efecto que causaba. Su pareja, Roger Davies, iba a su lado con paso algo nervioso, pero orgulloso.
Tras ellos, Viktor Krum, rígido y solemne, avanzó junto a Hermione Granger, que estaba irreconocible. Su vestido azul perla y su moño elaborado la hacían parecer mayor, segura, muy elegante. Lucy, observando desde su posición junto al equipo de seguridad, no pudo evitar sonreír con un dejo de sorpresa. La pequeña Hermione ya no era tan pequeña.
Luego, Cedric Diggory y Cho Chang aparecieron entre suspiros ahogados. Ambos irradiaban una belleza juvenil y clásica. Cedric, alto y sereno como un cuadro antiguo, y Cho, radiante como una aurora. Parecían salidos de una historia de hadas.
Por último, con un leve retraso y el rubor claramente visible en las mejillas, entró Harry. Su capa le quedaba un poco grande, y su paso no era tan seguro, pero caminaba junto a Parvati Patil, que lo guiaba con dulzura. Aunque nervioso, Harry mantenía la barbilla en alto. Lucy sintió un nudo en el pecho. Su sobrino ya no era un niño. Al menos, no del todo.
La música cambió, transformándose en una melodía antigua de ritmo lento, y los campeones comenzaron a bailar. Al principio fue ceremonioso, casi rígido. Viktor parecía más cómodo en un campo de Quidditch que en una pista de baile, y Harry casi pisó la túnica de Parvati. Pero poco a poco, las risas comenzaron a brotar, las figuras se soltaron, y el baile se convirtió en un verdadero vals. Otros estudiantes comenzaron a unirse, parejas girando en espirales brillantes, túnicas flotando como nubes de colores.
Desde su sitio, Lucy se permitió respirar hondo. Por una noche, Hogwarts era simplemente un colegio lleno de adolescentes, música y alegría. Por una noche, el pasado con su guerra y sus sombras parecían tan lejanas.
A su lado, Noah lucía impecable con su túnica formal y la insignia de seguridad del Ministerio colgando del pecho como si fuera parte de su piel. Caminaba con postura recta y mirada calculada, atento a cada movimiento entre los asistentes. Lucy sabía que era su forma de mantenerse centrado, de evitar ese tema no resuelto, llamado Sirius, que seguía flotando entre ellos desde hacía semanas.