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El cielo sobre el valle de Hogwarts estaba cubierto por una capa espesa de nubes grises, y el viento cortante traía el olor del lago y de la tierra húmeda. Lucy ajustó el cuello de su abrigo de auror mientras descendía por el sendero que bordeaba el castillo, dirigiéndose hacia el área acordonada donde se celebraría la primera prueba del Torneo de los Tres Magos, o mejor dicho, de los Cuatro Magos.
Al llegar, vio cómo los alumnos eran apartados por un cordón mágico y profesores vigilaban que nadie se acercara demasiado. Grandes carpas blancas se alzaban como dientes contra la tierra oscura. Dentro, el ambiente era tenso. Dragones. Eso era lo que les aguardaba a los campeones. Y aunque el público aún no lo sabía, Lucy, como parte del equipo de seguridad del Ministerio, lo sabía muy bien.
Se detuvo junto a una mesa repleta de pergaminos y planos, con una taza de café humeante que nadie parecía haberse molestado en tocar. En ese momento, una carcajada familiar, cálida y contagiosa, rompió el murmullo a su alrededor.
—¿Lucy Potter? ¿Eres tú o estoy viendo doble por culpa del humo de colacuerno?
Lucy se giró bruscamente. Y allí estaba. Charlie Weasley. Igual que la última vez que lo vío, aunque no hacía tanto tiempo, con el cabello rojo alborotado por el viento, el rostro curtido por el sol y una sonrisa que no había cambiado nada. Vestía ropa de cuero de dragón, y llevaba unos guantes a medio poner mientras se limpiaba las manos con un trapo ennegrecido.
—¡Charlie! —exclamó, sorprendida, y corrió a abrazarlo.
—Madre mía, dos veces en un año, esto si que es raro... —dijo él, riendo mientras la rodeaba con los brazos—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas metida entre ministeriales y reportes.
—Y yo pensaba que tú seguías en Rumanía peleándote con dragoncitos —replicó ella, sonriendo al separarse—. ¿Qué haces en Hogwarts?
—Colaborando con el torneo. Trajimos a los dragones esta semana. Hoy estaré al margen, pero he estado cuidando a la mamá del galés verde desde que llegó. Está muy nerviosa, por cierto. No le gustan las multitudes.
Lucy alzó una ceja.
—¿Y a ti sí?
Charlie se echó a reír de nuevo.
—Tú sabes que no —dijo, guiñándole un ojo—. Pero ver a un par de adolescentes intentar quitarle un huevo a un colacuerno vale la pena.
Una voz grave los interrumpió, cargada de una serenidad que no disimulaba del todo una nota de inquietud. Noah se acercaba a paso firme, el viento agitando levemente el dobladillo de su abrigo oscuro. Sus ojos pasaban de Lucy a Charlie con una curiosidad calculada, como si tratara de entender sin preguntar demasiado.
—Lucy —dijo, con un tono neutro, más profesional que personal—. El coordinador del torneo necesita que revisemos el perímetro mágico antes de que lleguen los campeones. Dicen que el colacuerno húngaro ha golpeado la red con la cola y ha desestabilizado parte del encantamiento de ocultación.