Capítulo XXIII

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La sensación de volver a casa era distinta esta vez

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La sensación de volver a casa era distinta esta vez. No tenía nada que ver con la comodidad del colchón, ni con el olor a madera vieja que siempre había caracterizado el piso que compartía con Noah. Era otra cosa. Era un vacío que pesaba más que cualquier herida física, un silencio que llevaba latente entre Noah y Lucy, como una promesa que no se podía romper. Quién mencionase el tema del embarazo iba ser el primero en derrumbarse y Lucy era lo último que podía permitirse.  

Noah la ayudó a entrar, pasando su brazo por detrás de su espalda con una delicadeza casi torpe, como si temiera romperla. Lucy sonrió apenas.

—No necesitas tratarme como si fuera de cristal —murmuró.

—Bueno, eso díselo a tus sanadores —respondió él, con un intento de humor que no llegó a sus ojos—. Dijeron textualmente "reposo absoluto durante dos semanas".

—Están exagerando.

—Casi mueres y has tenido un aborto, Lucy —dijo Noah, sin mirarla, dejando las llaves en la mesa de entrada.

Lucy se quedó quieta. El aire entre ellos se hizo denso, había mencionado lo inmencionable. Había abierto de cierta manera el cajón de Pandora, trayendo todos los males a su casa. Lucy se enmudeció, sin saber que decir, sin saber como reaccionar. No había asumido que estaba embarazada, que iba a ser madre y de repente tuvo que asumir que ya no lo estaba. Eso era algo que no solo dolía físicamente, dolía mucho más allá de su cuerpo.  

—Lo sé, lo siento —Noah susurró una disculpa, pasándose una mano por el cabello—. Solo... no me pidas que me relaje ya. Dame unos días, ¿sí?

Lucy no insistió, aunque sabía perfectamente que tenían que hablar sobre ese tema, pero no era el momento aún. Había batallas que no se libraban con varitas, sino con paciencia. Cruzaron el salón hacia su cuarto con cuidado, su habitación estaba impecable, quizás demasiado para el gusto de Lucy. Kathleen se había encargado de dejarlo todo ordenado para que ella regresara a un espacio perfectamente limpio.

Sobre la cama, una pequeña pila de cartas que habían llegado las últimas semanas:
una de Tonks llena de garabatos, otra de Remus escrita con su caligrafía serena y una más gruesa con el sello del departamento de aurores. Pero había una sobresaliendo, con la tinta aún húmeda, como si hubiese sido entregada esa misma mañana, probablemente por Hedwig. El sobre estaba dirigido a Tía Lucy. Lucy no pudo evitar sonreír, débilmente.

—¿De Harry? —preguntó Noah, mientras colocaba una manta sobre sus piernas.

Ella asintió, rompiendo el sello. Desdobló el pergamino y leyó en silencio, pero su voz terminó escapándose en un susurro tembloroso: 

Tía Lucy,

Hagrid me dijo lo que pasó. Él no quería contármelo, pero lo escuché cuando se lo estaba diciendo a Hermione y Ron. Me alegra que estés viva. No sé qué habría hecho si... bueno, eso. Me alegra que estés ahí. Y que estés mejor.

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