Capítulo XXII

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La oscuridad se fue retirando poco a poco, primero fue un susurro lejano, un pequeño murmullo que no podía descifrar

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La oscuridad se fue retirando poco a poco, primero fue un susurro lejano, un pequeño murmullo que no podía descifrar. Luego un olor tenue a desinfectante, a pociones, a algo demasiado blanco. También sintió como un peso levantándose de su pecho. Y después... una sensación tibia, cálida, en su mano. Lucy intentó mover los dedos, le costaba tanto como si su cuerpo estuviera hecho de plomo. No sabía si lo estaba consiguiendo, si sus dedos se movían algo. Trató de parpadear para poder ver sus dedos y un dolor agudo le atravesó la cabeza, un gemido escapó de su garganta y esa sensación de la mano se movió a su lado.

—¿Lucy? —la voz llegó ronca, quebrada, como si no hubiera dormido bien en semanas—. Lucy, ¿me oyes?

La luz la cegó al abrir los ojos. Todo estaba borroso. Pero unas sombras se acercaron, se definieron y entonces lo vio. Noah, desplomado a medias sobre la cama, con la cabeza apoyada en el colchón. Tenía barba de varios días, ojeras tan profundas que parecían sombras permanentes, y la mano aún entrelazada con la suya como si temiera soltarla y verla desaparecer.

—N-Noah... —susurró ella, apenas audible.

Él alzó la cabeza de golpe, observando a su novia. Lo primero que Lucy vio en su cara fue incredulidad, luego alivio, y después, un sollozo casi ahogado que se unía con una sonrisa.

—Merlín Lucy —dijo, llevándose una mano al rostro para secarse las lágrimas que ni siquiera había notado—. Estás despierta.

Ella intentó sonreír, aunque apenas podía mover los labios.

—¿Cuánto tiempo?

Noah tragó saliva, acercando una mano temblorosa a su mejilla, acariciándola con una delicadeza que no parecía encajar con su corpulencia.

—Dos semanas —respondió en un susurro, como si decirlo en voz alta pudiera romperla otra vez—. Dos semanas, Lucy. No sabía si... —su voz se quebró; apartó la mirada para recomponerse—. No sabía si ibas a volver.

El corazón de Lucy se encogió.

—¿Dos...? ¿Y el mago...?

—Se escapó —dijo Noah, con amargura contenida—. Tonks y Dawlish te trajeron aquí. Estabas... —cerró los ojos, apretando la mandíbula—. No se veía bien, Lucy.

Ella intentó mover la cabeza hacia él. Noah volvió a mirarla, los ojos brillando.

—Quise quedarme todos los días, pero Shacklebolt dijo que tenía que descansar —siguió Noah, con un intento fallido de sonrisa—. Lo ignoré, por supuesto.

Lucy no pudo evitarlo: una lágrima le resbaló por la sien.

—Lo siento... —susurró.

—No. —Noah negó de inmediato, firme, decidido—. No digas eso. No es tu culpa. Estabas haciendo tu trabajo. Eres aurora. Eres brillante. Y yo... —respiró hondo— yo solo pensaba en cuando abrirías los ojos de nuevo.

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