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Lucy apareció en el atrio del Ministerio con una sensación extraña, una mezcla de regreso a la rutina y miedo latente. Las enormes fuentes mágicas brillaban bajo la luz azulada, igual que siempre. La multitud iba y venía. Todo seguía igual, excepto ella. Prácticamente todo había cambiado en ella.
Ajustó su bufanda, demasiado gruesa para estar bajo techo, pero necesaria para la sensación de abrigo, y avanzó hacia los ascensores. A su lado, un mago empujó un carrito lleno de expedientes que se movían solos y se quejaban. Un auror novato dejó caer sus pergaminos al verla, como si estuviera ante una leyenda.
—Aurora Potter... —murmuró, sorprendido—. Es un honor verla de vuelta.
Lucy le dedicó una sonrisa educada. El auror en prácticas era recién salido de Hogwarts y había coincidido un par de veces con ella antes del accidente, parecía que el ataque la volvería más famosa de lo que ya era por llevar el apellido de Potter.
—Solo soy una funcionaria temporal ahora mismo. De honor, nada.
El chico se puso rojo como un tomate, haciendo contraste con su pelo negro. Cuando Lucy salió del ascensor se dirigió hacía su departamento, el novato iba detrás de ella, sin decir ninguna palabra por verguenza. La pelirroja no sabía muy bien como iba a ser enfrentarse de nuevo a la rutina. Cuando llegó a la oficina de aurores, el murmullo se detuvo de golpe. No por cotilleo, aunque había un resquicio de ello, sino por genuina preocupación, todos sabían lo que había ocurrido, incluso el departamento de Aurores había mandado una carta y unas flores deseandole una pronta recuperación. Shacklebolt levantó la vista desde su mesa. Tenía un montón de informes ante él, pero dejó todo a un lado cuando Lucy entró.
—Potter —dijo con voz grave, aunque sus ojos suavizaron el momento—. Bienvenida de vuelta.
—Gracias, Shacklebolt.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él sin rodeos.
—Bien —mintió ella.
Kingsley la miró como si viera a través de ella. Porque, claro, podía hacerlo. Kingsley Shacklebolt tenía esa habilidad inhumana de detectar verdad, mentira y todo lo que se escondía en medio.
—Has pasado por un trauma severo —dijo Kingsley, con un gesto lento, tranquilo—. Te vamos a tener haciendo revisiones de informes y análisis de patrones mágicos. Cero campo.
—Lo imaginaba.
—No lo veas como un castigo. Eres una de las mejores aquí —Kingsley se permitió una media sonrisa—. Pero es por protección, y también recuperación.
Lucy respiró hondo. Era justo y muy lógico. Sin embargo, aún así, dolía. Ella era una aurora que vivía para el campo. Sentarse detrás de un escritorio sentía como un recordatorio silencioso de que aún no estaba entera.
—También necesito que prepares el informe completo del incidente con Dawlish y Tonks, ellos ya lo han hecho, pero me falta tu punto de vista —continuó él—. Con detalle, como lo haces siempre. Pero no te fuerces hoy, ni mañana, ni el resto de días hasta que estes recuperada. Haz lo que puedas. Si necesitas irte, me lo dices.