Capítulo 3

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Vidal

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Vidal

Entre las cosas que más odio con todo mi ser, está el hecho de que alguien toque a Julls. No soporto que alguien que no sea yo ponga sus manos sobre él. Me molesta que siempre están tratando de fastidiarlo.

—Tan temprano y ya estás bebiendo —dijo Santiago, entrando a mi despacho acompañado de Gael y Jean.

—No es como si tú opinión me importara —respondí con un tono cortante. No es que estuviera molesto con ellos, pero toda esta situación me tenía alterado. Las cosas que han estado pasando realmente me sacaban de quicio.

—¿Qué hiciste con esos dos hombres de aquella noche? —preguntó sin rodeos.

—No tienes que preocuparte, están bien —respondí.

—No lo creo —intervino Jean.

—Olvidemos el tema. Cualquier cosa que haya hecho Vidal está bien —habló Santiago mientras se acercaba hasta mí. Él sabía que seguramente habría terminado con la vida de esos tipos. Estaba totalmente consciente de lo que soy capaz de hacer.

—Aún no se ha despertado Julls. Creo que es conveniente que resolvamos este asunto tan pronto como podamos. No quiero que él se entere de esto —interrumpió Gael, desviando el tema inicial, ya que ha habido algunos problemas en ciertos negocios.

Todo este asunto no me tiene nada bien. Miro las caras de mis amigos que están esperando una respuesta, pero no puedo pensar en nada en este momento.

—Tu silencio no está aportando nada. ¿Acaso nos vamos a quedar de brazos cruzados? Sabes que, si se enteran de que estamos envueltos en negocios turbios, estamos jodidos. —mencionó Jean preocupado.

—Crees que dejaré que eso suceda. ¿Quién se va a enterar? No estamos traficando drogas ni mucho menos personas. Solo es contrabando y... —Santiago añadió, mostrando una sonrisa en la comisura de su boca.

—Cállense, Julls se puede despertar en cualquier momento —interrumpí—. No quiero que nos escuche hablando de esto. Ya solucionaremos el problema, pero no dejo de pensar: ¿es acaso algún personaje importante? —¿O crees que el exnovio de Julls puede tener la suficiente inteligencia...? —preguntó Jean.

—Por favor, no me hagas reír —dije, frunciendo el ceño.

De pronto, el sonido de la puerta me sobresaltó y la espléndida figura de Julls apareció frente a nosotros, caminando por todo mi despacho; al mirar la expresión de los demás supe que estaban tan sorprendidos como yo, pues llevaba el cabello desordenado y, aunque acababa de levantarse, se veía muy lindo.

Relamí mis labios y suspiré profundamente antes de decir: —Julls, anoche tuve que resolver algunas cosas, perdón por no estar en casa.

—Ustedes se han estado comportando muy raro últimamente, no sé qué pasa. Anoche me quedé esperándolos, pero al final me dormí —explicó con una mirada triste, soltando un suspiro profundo. Sus pucheros me vuelven loco; no puedo soportarlo.

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