Cambio de Rostros II. Módulo Espacio Temporal

57 12 94
                                        

¡Gules! ¡Gules! ¡Gules! ¿Por qué la torturaba de esa forma? Una cosa es confesar amor y otra imponerlo de esa manera tan frontal, tan brutal, tan directa. Con tan poco tacto y con excesivo desespero. ¿De verdad ella lo había ignorado? Y es que, pensándolo bien no fue una confesión de amor. ¡No, no, no! Él siempre le decía que la amaba y ella lo desestimaba, se burlaba. Ella lo sabía, era un secreto manifiesto. ¿Había sido muy cruel con él o era él quién era cruel con ella? Le tenía aprecio, sí, lo amaba, quizás no de esa forma pasional que él demandaba si no de una forma más equilibrada, más fraternal. Él y su amistad eterna, su incondicionalidad, su presencia aun cuando estuviera ausente, sus juegos, su risa, su desfachatez. ¿Había querido besarle? Se lo preguntó ahora, antes no lo había considerado o lo había escondido muy dentro de su corazón y sus pensamientos. Para su sorpresa la respuesta era un sí rotundo, un dolor inimaginable en el pecho. ¡Dios! ¿Qué era aquello? ¿A quién engañaba? ¿Por qué huyó de sus brazos cuando lo que en realidad deseaba era la calidez de ese duende travieso? Tarde llegaba su sinceridad, tarde descubría aquello que ocultaba en su interior. ¿O no? Quizá no era tarde. Gules estaba allí, allí donde siempre había estado. Ella lo sabía, él siempre estaría allí quizá por eso ella no lo buscaba, atada a algunas ideas conservadoras, esperaba las condiciones perfectas y él nunca las halló o no las puso en práctica en el momento correcto. Todo eso le causaba rabia, molestia con ella misma, molestia con él. ¿Por qué las cosas entre ellos se daban de esa forma?

Se incorporó de la cama. Era de noche. Estaba en una habitación de hospital o alguna clase de enfermería, no la detalló mucho. Su mente daba vueltas alrededor de lo que había ocurrido con Gules. Pero... ¿Qué había ocurrido?

Cierto, recordó, mientras ella y Esmeralda esperaban a papá, Gules había aparecido de la nada y comenzó a reclamarle lo antes ya expuesto. Molesta y triste, subió al avión cercano a donde se encontraban. Abrió la compuerta, no se detuvo a pensar si estaba abierta, cerrada, sellada o bloqueada. Solo haló la manilla y subió sin saber a ciencia cierta qué era lo que iba a hacer una vez estuviera dentro. Supuso que quiso huir de la situación. Valiente chica había resultado. En vez de enfrentar el dilema, huyó por la derecha, Esmeralda corrió tras ella, la abrazó. Sí, era el abrazo cálido y silencioso que necesitaba en aquel momento, aunque su duende travieso no atinó a actuar de esa manera. Ese abrazo debió provenir de él, una vez más él le fallaba y ella le fallaba a él. Luego escuchó que alguien subía, al estar de espaldas a la escotilla no pudo ver quién era; no hubiese sabido de quién se trataba si Esmeralda no lo hubiese expresado. "¡Profesor Martin!" Exclamó su amiga en esa oportunidad. Y como por arte de magia o el accionar de causas desconocidas el avión vibró de improviso y ella no supo más. Eso era lo que recordaba.

Los pasos eran pesados, lentos, somnolientos. Fue al baño. Se dirigió al lavamanos con la intención de mojar su rostro, a ver si espabilaba. Lo que le avivó no fue el agua. Un rostro desconocido le veía a través del espejo. Una chica rubia, de cabello recogido y líneas del rostro muy rectas, firmes, como delineadas con escuadra, mostraba una expresión de sorpresa; ese rostro, esa chica, le miraba. Se palpó la piel, los ojos, la nariz. No cabía duda, aquella imagen ajena era suya. ¿Qué era aquello? ¿Estaría aún dormida? ¿Era un sueño? Se pellizcó la mejilla. ¡Auch! Había dolido. No despertó porque no estaba dormida, aquello era la realidad. Siguió viendo a la misma joven en el espejo. Una sencilla bata le cubría el cuerpo, debajo: nada. Sintió escalofrió. Hacía frío, pero no se había percatado de ello. Antes somnolienta, ahora despierta a más no poder; el frío era el menor de los detalles. Su pecho lucía plano, se levantó la bata, sus abundantes y generosos senos habían desaparecido. Unas gráciles colinas de carne, piel y vello, pequeñas, casi perfectas, se erguían con timidez en su torso. Eran hermosas mamas, había que aceptarlo. Inocentes, intactos y virginales. Suaves al tacto. Un ligero cosquilleo. Aquello no era un sueño, pero ¿Dónde estaban sus poderosas 34D? Parafraseando a Shakespeare: ¿desmayarse o no desmayarse? He allí el problema. Sin saber cómo, conservó la calma, observó el resto de aquel cuerpo que ahora parecía ser el suyo. El vientre estaba plano. ¡Gracias a Dios! Las caderas no eran muy amplias, tenía un bonito trasero. Firme y macizo, duro como una roca. Lo mejor eran las piernas, sus muslos eran atléticos, fornidos, dignos de una corredora de 100 metros. Las pantorrillas eran dos mazas, no menos poderosas que los muslos. Ella misma siempre fue atlética y sus piernas estaban bien formadas. ¡Los brazos! No había pensado en ello. Sus brazos, si bien no eran fofos, no presentaban la fortaleza con la cual su mano derecha se había ganado el apodo: "LightningBolt" además, se sintió pequeña, aunque no tenía marco referencial, juraría que ahora medía unas pulgadas menos.

Cambio de RostrosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora