—¿No recuerdan nada de antes del incidente? — preguntó Abraham.
—No —respondió Gretchen, en la figura de Eglin.
Abraham miró a la chica que él consideraba como Esmeralda. Está permaneció en silencio. De hecho, parecía ausente. Su incomodidad era indudable. No era tan anormal como pudiera pensarse, muchos alumnos, cuando eran convocados por el consejero, se comportaban distantes, ariscos, indiferentes. Era parte de la adolescencia ser rebeldes. Así que no se alarmó de inmediato. Además, lo extraño de lo ocurrido en la visita al museo de armas, llamaba a estar abierto a diferentes ideas y comportamientos.
—Sé que parece ser una pregunta algo inútil y que ya han respondido varias veces. Como ha pasado algún tiempo uno pensaría que pudieran haber recordado algo.
—No —negó, de nuevo, Gretchen.
—¿Y tú Esmeralda? ¿No has recordado nada?
—No —Gretchen respondió, una vez más.
—¿Hablas por las dos? ¿Cómo puedes asegurar que ella no recuerda nada?
Silencio. Ninguna dijo nada.
—Esmeralda, di algo. Recuerdas alguna cosa relacionada con el incidente.
—No —dijo Marie Louise, sin apenas levantar la mirada.
Abraham suspiró.
—A ver chicas, sabemos que pasó algo en la visita al museo. No entendemos la naturaleza de lo sucedido, ni ustedes, ni nosotros, ni nadie. Y, más allá de la pérdida de memoria, parece que les afecta en su desempeño social, escolar y deportivo. Eso es evidente.
Silencio. Incómodo silencio. No estaba llegando a ninguna parte.
Las chicas evitaban hablar tanto como podían. El acento alemán era difícil de disimular. Ellas lo sabían, aún y cuando no supieran identificarlo por sí mismas. Así que los monosílabos o frases cortas era la mejor elección y cuando no, el silencio. Preferían un silencio incómodo que frases elaboradas y mal pronunciadas. Y estar en presencia de ese consejero les perturbaba en extremo. Era judío... Para el mundo habían pasado 70 años y quizá, con el resultado de la guerra y el mal llamado holocausto, los judíos ganaron la simpatía pública, para ellas solo había pasado pocas semanas y en tan poco tiempo no podían borrar tantos años de odio y desprecio. Era una ironía del destino. Sí, todo lo era. No era que odiaran al profesor que tenían en frente, si no lo que para ellas representaba: la raza, la impiedad, la traición, el taimado aroma de unos seres despreciables. Eso no se olvida tan fácil. No podían tener objetividad en la opinión sobre el asunto. Ser imparcial estaba vetado para ellas. Y tampoco es que estuvieran muy conscientes del adoctrinamiento al que fueron sometidas. Era un algo tan natural como respirar y mucho hacían con guardar las apariencias. Aunque no las guardaban de manera adecuada, pues el profesor intuía y sentía, que algo no andaba bien: las chicas mostraban algo más que indiferencia.
—¿Cómo se sienten en la escuela?
—Bien — Respondió Gretchen.
Marie Louise asintió con la cabeza e hizo un comprometido intento de sonrisa.
— ¿En casa? ¿Todo bien con la familia?
— Si, todo bien.
Marie Louise no respondió.
Abraham suspiró para sus adentros.
—El voleibol... ¿Qué pasó en la práctica? ¿Olvidaron como jugar?
—Sí.
—Sí ¿qué?
—Olvidamos como jugar.
Abraham se detuvo. Las chicas presentaban señales de una Amnesia retrógrada. Pérdida de recuerdos previos al incidente. Entre ellas cabía la posibilidad antes expuesta. Olvidaron como jugar al deporte. Cosa que le preocupaba de varias maneras, además de la comprensiva preocupación por el bienestar de las alumnas estaba el equipo en sí mismo. Él asumió la dirección del mismo, ante la ausencia forzada de Martín. Y el equipo, sin sus estrellas, había disminuido, no sólo por no contar con las habilidades sobresalientes de Eglin y Esmeralda sino, por la misma circunstancia, la moral había mermado, luego de enfrentar varias derrotas al hilo. Sentía que no estaba a la altura de Martín, en el manejo de la situación y que se lo debía. Para que a su regreso hallara a su grupo, unido, compacto y competitivo. La recuperación de Eglin y Esmeralda era clave en ese aspecto.
—Supongo que es algo entendible. Con el tiempo volverán a ser las mismas. Y eso debería aplicar a todo. Y con respecto a...
—Desde hoy renunciamos al equipo — interrumpió Gretchen.
El consejero enmudeció. Boquiabierto no completó la frase y la idea que estaba hilvanando. Sólo atinó a hacer la pregunta de rigor:
—¿Qué?
—Renunciamos al equipo —reafirmó Gretchen.
El acento alemán Abraham lo sintió más fuerte que nunca.
—¿Pero por qué? Ustedes son consideradas unas jóvenes deportistas muy competitivas. Un pequeño tropiezo no debería hacerles desistir.
—Queremos intentar otra cosa — Le respondió Gretchen.
—Otro deporte —agregó Marie Louise.
Abraham se sorprendió, Esmeralda había abandonado su actitud de indiferencia. Su ánimo había cambiado por completo. Él siguió tratando de convencerlas para que no renunciaran, no obtuvo resultados positivos. No conversaban, no participaban. Solo respondían preguntas con afirmativos o negativos. Más de los segundos que de los primeros. Luego de esa aseveración se sumieron en su indiferencia anterior. Después de unos minutos desistió de la idea. La entrevista no tenía sentido. El momento quizá no era el adecuado, fue demasiado pronto. Al menos eso pensó.
Las chicas por su parte se sintieron aliviadas de terminar con aquello. La escuela era un infierno social. No bastaba con el exceso de atención que recibían, ahora se sumaba ese curioso profesor. No tenían de otra, había que terminar el año escolar para poder comenzar otros proyectos y otra rutina. Según lo que habían entendido del sistema escolar norteamericano, el ir a la universidad significaba que iniciarían actividades fuera de ese círculo social que las asfixiaba. Comenzar de nuevo, dónde nadie conociera a Eglin y Esmeralda y poder ser más ellas mismas. No estar encadenadas a esas identidades, tener libertad, reinventarse.
Por lo pronto. Ya lo habían decidido. Renunciaron al equipo de Voleibol y se presentarían en el equipo de fútbol o soccer, como lo llamaban en este país. Gretchen no estaba muy convencida, quería mantener un bajo perfil y pensaba que eso llamaría la atención, Marie Louise insistió tanto, que cedió, eso sí, bajo la condición de que estudiaran medicina juntas. Mantenerse unidas era primordial, tener las mismas actividades, las mismas metas, misma ciudad, mismo instituto; que el destino de una, fuese el de la otra, los éxitos de una repercutiera en la otra y los errores también.
ESTÁS LEYENDO
Cambio de Rostros
Science-FictionEglin despierta y observa un rostro desconocido en el espejo. Lo extraño apenas comienza y dos historias transcurren, distanciadas una de la otra por más de 70 años. Sin embargo, están más interrelacionadas de lo que parece. Cambio de piel y pensami...
