Cambio de Rostros III - Gretchen y Marie Louise

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Gretchen despertó, aparte de un ligero zumbido en su oído no percibió ningún síntoma anormal. La primera observación: se encontraba en un centro hospitalario. Era muy distinto a cuanto conocía y en nada se parecía a la enfermería de la instalación subterránea, donde prestaba sus servicios. Sin duda alguna era un hospital; el característico estilo, el ambiente, las líneas estructurales, el olor, el color de las paredes. A su derecha, en la cama contigua, se hallaba una chica de largo cabello negro. Una ventana, cubierta de cortinas, transparentaba la entrada de un rayo de Sol, con lo cual pudo ver con claridad sus facciones. Por razones desconocidas sintió afinidad con ella de inmediato, lo atribuyó a la curiosidad. Esas deberían ser consideraciones para un ulterior caso, ahora tenía que reflexionar sobre lo sucedido. Trató de poner sus ideas en orden, recordar, clasificar y ponderar una situación que desconocía.

¿Cuál era su último recuerdo? Hizo un pequeño esfuerzo. Estaban ella y Marie Louise, atendiendo a uno de los científicos. De apellido Meyer, Kubbelmeyer o algo así, no le permitían saber quiénes eran, ni que experimentos estaban llevando a cabo; tenían prohibido algunos sectores y sus acciones se suscribían de forma exclusiva a la enfermería, el comedor y la cocina; de lo demás, poco o nada sabían. El estado secreto de la instalación era muy alto. El malestar del científico no era nada grave, solo había sentido mareos y náuseas durante uno de los experimentos. De manera súbita la puerta comenzó a vibrar, así como otros objetos en la habitación. Se escuchó un horrible zumbido, que fue subiendo de intensidad hasta que convergió en una fuerte explosión; el profesor se quejó, amargado, de sus colegas y las abrazó en actitud protectora o quizá por miedo. Y eso era todo, no recordaba más.

¿Qué habría sido de Marie Louise y el científico? Ninguno de los dos se encontraba en la habitación, sólo estaba esa muchacha morena. El profesor, en realidad le tenía sin cuidado, era un desconocido, en cambio Marie Louise era su prima, su familia. Le preocupaba que su estado fuese más grave y por eso no estaba en la misma ubicación.

De improviso, entró al cuarto una enfermera, se alarmó de inmediato. Su uniforme: blanco, la piel: oscura. Se notaba a leguas que era una enfermera militar, un gafete en su bolsillo izquierdo rezaba: Nurse, Wilkinson. Sus sospechas eran ciertas, aquello no era un instituto alemán, era británico o americano. De seguro, la explosión que recordaba había sido producida por un ataque. Ella y la chica morena habían sido tomadas como prisioneras. Decidió guardar silencio y esperar, la enfermera le habló en inglés, muy atenta le hizo preguntas sencillas; como se sentía y cosas así. A todo asentía o negaba con la cabeza, se irguió a pedido de ella, le tomó la tensión y entonces, recibió otra sorpresa. Desde su nueva perspectiva comenzó a ver otros detalles, que pasaron desapercibidos en su primera impresión al despertar. Había ciertos aparatos en la habitación que ella no podía reconocer, empezando por el tensiómetro, que hasta cierto punto era normal, el brazalete, los auriculares. Todo aquello estaba conectado a una cajita que parecía ser eléctrica, con una especie de pantalla, además no tenía bombilla insufladora, se infló directo, desde la cajita, tampoco tenía manómetro. Luego le colocó un adminículo de lo más curioso en su oído, este emitió un sonido chillón, la enfermera observó la pantalla del referido aparato e hizo anotaciones. En la habitación estaba una báscula, sin contrapesos, de nuevo: una pantalla. En todos lados había pantallas. En la pared, en el reloj de la enfermera, en ciertos aparatos esparcidos por toda la habitación.

Observó a través de la ventana, una bandera norteamericana erguida en una asta, era una instalación aliada como sospechaba. Suspiró, quizás no resultara tan mala idea, podría significar el fin de la guerra para ella y Marie Louise. ¡Marie Louise! Debía saber que había sido de ella. Ahora era una prisionera y tendría que aguardar, era una condición para la cual no la habían entrenado. No sabía cómo comportarse o actuar, así que optó por guardar silencio hasta conocer más de donde se encontraba y en manos de quien.

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