Capítulo 2

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Andreas Klein entró en el club como una jodida estrella de cine, con una chaqueta de lino deportiva colgada de los hombros, unos pendientes de diamante brillando en los lóbulos de sus orejas y unas gafas Oakley que velaban sus ojos azul Malibú. Con la piel bronceada por el sol, la barba de tres días y el rubio pelo de surfista, todo reluciente y lleno de gel, era un regalo de Los Angeles a la ciudad de Chicago. Jeongguk agradeció la distracción con una sonrisa. El chico tenía estilo, y la Ciudad del Viento le había echado de menos.

—¿Conoces a Andreas? —El rubio que intentaba cogerse del brazo derecho de Jeongguk seguía con la mirada a Klein, que regalaba su sonrisa a la muchedumbre como si avanzara por una alfombra roja. Tuvo que alzar la voz por encima de la música mala de la pista de baile del Waterworks, donde se celebraba la fiesta privada de aquella noche. Si bien los Sox estaban jugando en Cleveland y los Bulls aún no habían vuelto, los demás equipos de la ciudad estaban bien representados en la fiesta, principalmente los jugadores de los Stars y los Bears, pero también gran parte de los jugadores de los Cubs, un par de Blackhawks y un portero del Chicago Fire. A la mezcla también se sumaban un par de actores, una estrella del rock y mujeres, decenas de mujeres, a cuál más atractiva, el botín sexual de los ricos y famosos.

—Claro que conoce a Andreas. —El moreno que estaba a su lado izquierdo miró al rubio con condescendencia—. Jeongguk conoce a todos los jugadores de fútbol de la ciudad, ¿verdad, cariño? —Mientras hablaba, deslizó furtivamente una mano por la parte interior de su muslo, pero Jeongguk procuró hacer caso omiso de su erección, del mismo modo que había estado haciendo caso omiso de sus erecciones desde que decidiera entrenarse para el matrimonio.

Entrenarse para el matrimonio era un verdadero infierno.

Se recordó a sí mismo que había llegado hasta donde estaba aferrándose a un plan, y que el siguiente paso era estar casado antes de cumplir los treinta y cinco. Su chico sería el símbolo más importante de sus éxitos, la prueba definitiva de que había dejado atrás el párking de caravanas de Beau Vista para siempre.

—Lo conozco —dijo, sin añadir que esperaba conocerlo mucho mejor.

Cuando Klein avanzó hacia el interior de la gran sala, la muchedumbre del Waterworks abrió paso al ex jugador del sur de California que había sido fichado por los Stars para ocupar el puesto de primer quarterback cuando SeokJin Kim colgara las botas al final de la próxima temporada. La historia familiar de Andreas Klein estaba envuelta en misterio, y cuando alguien husmeaba el jugador respondía con frases vagas. Tras hacer algunas averiguaciones por su cuenta, Jeongguk había topado con algunos rumores interesantes que prefirió mantener en secreto. Los hermanos Záitsev, que hasta entonces habían estado intentando ligarse a un par de chicas morenas en el otro extremo del bar, cayeron en la cuenta de lo que estaba pasando. Unos segundos después, avanzaban a tropezones sobre sus mocasines Prada para ser los primeros en llegar hasta él.

Jeongguk tomó otro sorbo de su cerveza y los dejó hacer. No le sorprendía el interés de los Záitsev en Klein. El agente del quarterback había muerto en un accidente durante una escalada en roca cinco días atrás, dejándolo sin representante, algo que los hermanos Záitsev, y todos los demás agentes del país, esperaban remediar. Los Záitsev eran dueños de la empresa Z-Group, el único competidor serio de Jeongguk en Chicago. Él los odiaba a muerte, principalmente por su falta de ética, pero también porque le habían robado un candidato a la primera ronda del draft cinco años atrás, cuando más lo necesitaba. Su venganza había consistido en quitarles a Namjoon Kim, lo que no había resultado nada difícil. Los Záitsev eran buenos en hacer grandes promesas a sus clientes, pero no en cumplirlas.

Jeongguk no se hacía ilusiones acerca de su oficio. En los últimos diez años, el negocio de representación de deportistas se había vuelto más corrupto que una pelea de gallos. En la mayoría de estados prácticamente se regalaban las licencias. Cualquier vulgar estafador podía mandar imprimir una tarjeta de visita con el título de representante y aprovecharse de deportistas universitarios crédulos, sobre todo de aquellos que habían crecido en la miseria. Estos embaucadores les pasaban dinero bajo la mesa, les prometían coches y joyas, contrataban a putas y pagaban «recompensas» a cualquiera que pudiera conseguirles la firma de un atleta importante en un contrato de representación. Algunos agentes serios habían abandonado el negocio porque consideraban que no se podía ser honesto y competitivo a la vez, pero Jeongguk no estaba dispuesto a dejarse comer el terreno. A pesar de lo sórdido que era el negocio, le gustaba lo que hacía. Le encantaba la descarga de adrenalina que le producía asegurar un cliente, firmar un contrato. Le encantaba descubrir hasta dónde podía tensar la cuerda. Era lo que mejor sabía hacer. Llevaba las reglas al límite, pero no las rompía. Y jamás engañaba a un cliente.

Vio cómo Klein agachaba la cabeza para oír lo que le decían los Záitsev. Jeongguk no estaba preocupado. Klein podía ser un guaperas de Los Angeles, pero no era un estúpido. Sabía que todos los agentes del país se interesaban en él, y no iba a tomar una decisión de la noche a la mañana.

J M, HS D K [ggukgi]Where stories live. Discover now