Sumérgete en esta emocionante historia que te atrapará desde el primer capítulo con su intenso contenido lleno de romance, erotismo, secretos, inseguridades y mucha pasión.
Acompaña a Ethan y April en la travesía que les espera para poder estar junt...
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—¡Nate, ya es hora! —apuré desde la puerta—. ¡Chaparrito, se nos hace tarde!
—¡Ya voy, mamá! —sus pasos resonaron por el pasillo con premura.
Mi hijo apareció con el cabello revuelto, la camisa a medio abotonar y el aroma a mermelada de frambuesa aún impregnado en sus manos. Me agaché frente a él, peiné con los dedos su espesa cabellera y terminé de ajustar los botones. Ese pequeño ritual diario, me centraba más que cualquier café. Me recordaba para qué y por quién me levantaba cada mañana.
Seattle nos regalaba uno de esos días raros y extrañamente perfectos: cielo limpio, sol tibio y brillante como pocas veces se lograba apreciar. Lo agradecí y desee tener tiempo para disfrutarlo, pero ya iba tarde a todos lados. Para variar.
—Mamá, ¿Irémos al cine esta tarde? —preguntó desde el asiento trasero, con esos ojos llenos de expectativa reflejados en el retrovisor.
«Mierda»
Lo olvidé.
«Pero que atenta, April»
Prometí llevarlo al cine a ver el estreno de una de sus películas favoritas de temporada; Mi Villano Favorito. Pero la llegada de nuevas telas y piezas a la boutique me lo dificultaba. Lo sopesé un segundo más y...
—Claro —respondí, girando apenas para mirarlo—. ¿Terminaste lo de matemáticas?
Asintió con una sonrisa que me calentó el pecho entero. Mi eterno castigo; orgullo y culpa siempre llegaban juntos, como si uno no supiera existir sin el otro.
—¿Vendrá por mí tío Sam o Susan?
—Sam estará aquí en cuanto salgas. Susan está en su día libre. —Puse la direccional—. Iremos al cine cuando llegue tía Ghail. Recibimos telas nuevas y no puedo salir antes, pero a las cuatro debes estar listo, ¿trato hecho?
—Trato hecho —Juntó las manos formando un corazón—. Dile a tía Ghail que le mando besos achocolatados.
Esbocé una sonrisa al ver esos pequeños hoyuelos que se le hacían de pura alegría. Ese par iba a volverme loca con tantos sabores de besos que vivían inventando. Nada superaba, según ellos, los "besos sabor a taquitos de carne". Eran tal para cual.
—Se lo diré. Ahora ve, ten un gran día. Te amo grandísimo —me incliné para besar su frente y pellizcar suavemente la punta de su nariz.
—Grandísimo, mamá. Que vendan toda la tienda hoy —dijo antes de correr hacia el camino de arboleda que era la entrada del colegio. El portero, como siempre, lo recibió con una sonrisa grande.
—¡Hasta luego, Hugo!
—¡Adiós, señorita Andueza! —se despidió agitando la mano.
Me quedé unos segundos viendo a mi hijo desaparecer entre los muros del colegio. El aire salió de mi como un suspiro largo.
Arranqué y el silencio llenó el auto de golpe.
Cinco años habían pasado.
Cinco años desde que Marcus, el padre de Nate, salió de nuestras vidas. Y aunque el tiempo hizo su trabajo, algunos días el peso de todo lo vivido seguía ahí, asentado en el fondo de mi pecho como algo que no terminaba de disolverse del todo.
Respiré hondo.
Sentía vergüenza de quien fui y lo que permití. Los recuerdos me helaban la sangre. Nos fallé y tardé demasiado en sacarnos de ahí.
Las memorias no llegaban como una película, nunca eran tan ordenado como eso. Llegaban como una sensación que se deslizaba desde el fondo de mi estómago sin pedir permiso: el tono de su voz elevándose sin motivo claro, el aire volviéndose denso y asfixiante, mi cuerpo aprendiendo a hacerse pequeño, a controlar cada gesto, a callar antes de que su ira llegara demasiado lejos. Nate era pequeño entonces, pero no tonto. Los niños siempre saben cuándo algo no está bien. Y con Marcus nada estaba bien. Jamás.
Sacudí la cabeza con fuerza. Ya no. Ya no estábamos ahí.
Un frenazo brutal seguido de un impacto brusco me arrancó del pensamiento.
El auto se sacudió y el airbag explotó frente a mí con un golpe seco y blanco que llenó todo mi campo visual. El cinturón me retuvo, pero el latigazo que me recorrió la espalda me robó el aire de un solo tirón.
Por un segundo no estuve en el auto.
Estuve contra la pared de la cocina, con la mano de Marcus cerrándose con fuerza implacable alrededor de mi cuello.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó una voz grave desde afuera.
Una sombra alta oscureció mi ventanilla. Mis manos temblaban tanto que parecía que el volante caería a pedazos. El pecho me latía rápido con ese ritmo desbocado que mi cuerpo adoptaba cuando perdía el control. Y, después de todo, perder el control era lo único que verdaderamente no aprendía a tolerar.
—Quita el seguro —indicó el hombre con calma.
No me moví.
Dio un par de toques a la ventanilla con los nudillos y señaló el seguro, haciendo el gesto con la mano.
«Vuelve, April. Vuelve»
Tragué saliva. Mis dedos no respondían. Cerré los ojos un segundo, respiré hondo, arrastrándome al presente con las uñas.
Uno.
Dos.
Tres.
Logré mover la mano y destrabé la puerta.
La abrió con cuidado como si supiera que cualquier movimiento brusco podría romper algo. Y entonces, por primera vez lo ví.
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