Sumérgete en esta emocionante historia que te atrapará desde el primer capítulo con su intenso contenido lleno de romance, erotismo, secretos, inseguridades y mucha pasión.
Acompaña a Ethan y April en la travesía que les espera para poder estar junt...
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Sin el vidrio de por medio lo ví claro.
«Je-sús»
Alto. Tanto que me hizo tragar de golpe. Traje oscuro de un corte impecable, postura recta, y una presencia que parecía eclipsarlo todo.
No era solo atractivo, era... hipnótico.
El tipo de hombre que no necesitaba decir una palabra para que todo a su alrededor se reorganizara en función de él. Y yo... absurdamente atrapada entre el airbag desinflado y mi dignidad hecha trizas. Quería que el asfalto se abriera y me tragara entera.
«¡April!» me reprendí mentalmente, en un férreo intento de anclarme a la realidad.
Entonces levantó la mirada hacia mí.
Un par de ojos azul cobalto me atraparon. Glaciales y afilados como si evaluaran los daños... empezando por mí. Se pasó la mano por el cabello castaño con una impaciencia que no se molestó en ocultar. No me miraba con preocupación.
Me analizaba como a un problema logístico.
Y eso era peor. Mucho peor. Tragué grueso.
—¿Te hiciste daño? —Su voz, firme y sin ápice de amabilidad irrumpió en mis oídos.
Caí en cuenta que durante todo ese tiempo lo estuve mirando descaradamente y parpadeé fingiendo confusión. O bueno, quizá no fingía del todo.
—No, estoy bien —mentí. Me dolía hasta el alma—. Solo un poco sofocada.
El calor me subió al rostro en un segundo.
Por favor, que no se dé cuenta.
Genial. Sobreviví a un accidente para morir de vergüenza frente a un extraño que parecía sacado de una revista de negocios.
—No te muevas —Se inclinó dentro del auto. Sus movimientos era seguros, invadiendo mi espacio con una naturalidad que me puso los vellos de punta. Estiró el brazo para desabrochar mi cinturón—. A ver...
Santos ángeles de todo el cielo.
Su cercanía me descolocó. Pestañeé intentando salir del asombro y mis ojos viajaron, traidores, hasta su boca... sin embargo, los suyos no miraban mis labios. No me veía en realidad. Noté que, antes de tocar la hebilla del cinturón, sus pupilas escanearon en una fracción de segundo el interior del auto y finalmente, mis manos. Cómo si se asegurara de que ningún movimiento lo tomara por sorpresa.