INSOMNIO

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5:34 AM

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5:34 AM.
No sé a quién carajos fue que escuché decir; "mientras más oscura es la noche, más brillante es el amanecer".

Si, claro.

Una mierda de falacia. Una gran mentira que se repetía en mi mente cada mañana para engañarme. El alba se asomaba, inclemente. Y con él, la eterna pesadilla de mi conciencia. Por más que intentaba aferrarme al amanecer, este simplemente parecía huir de mí.

El insomnio me tenía vuelto mierda, con los nervios de a toque. Solía ser imperturbable, iba de un lugar a otro, sin sentir apego por nada, ni por nadie. Cada vez más ajeno a todo cuanto me rodeaba.

El gimnasio funcionaba como santuario y purgatorio. Un lugar donde descargaba la frustración y expiaba mis culpas con cada repetición, con cada gota de sudor, y cada músculo desgarrado anhelante de inconciencia.

En el espejo empañado, veía mi reflejo; el de un hombre que lo conquistó todo y se superaba a sí mismo cada día. Músculos tensos, mirada perdida en la ira, ceño fruncido y una caja torácica rugiente, en constante lucha contra demonios que no me soltaban.

Y me encontraba bien con ello. A pesar de mi férrea lucha, yo, era capaz de soportarlo. Lo hacía desde hace más de diez años. Entre quejas internas, noches abrumantes y hastio; lograba mantenerme a flote. Sin necesitar, extrañar o siquiera pensar a nadie.

Hasta que la suerte que me sobraba le faltó a ella, esa bendita mujer de ojos hipnóticos y dulces como la miel, se atrevía a tener los labios más jodidamente sexys que haya visto. Me jodió tanto la forma en que logró desestabilizar mi mundo con esa facilidad, fue casi insultante.

«No, no la pienses.»

-El desayuno está por servirse.

La voz de Jeanette me sacó de mi trance. Siempre tan puntual, siempre tan amable. Su presencia y la de Eugene era una constante en mi vida de mierda.

Ellos eran un ancla en medio de la tempestad. Pero incluso, sus lealtades, servicios, esas miradas comprensivas y cariñosas que solía odiar, no podían alcanzar las profundidades de mi oscuridad. Ellos me veían a través del recuerdo de una bondad infantil que hace mucho se extinguió.

Me recosté en una de las barras para recuperar el aire y sequé con una toalla el exceso de sudor. Un aroma invadió mis fosas nasales. Ese maldito olor a flores de verano que desprendía su cabello oscuro como la noche y el atrayente perfume de su cuerpo... April.

«¡Joder! Qué me destruyan sus recuerdos.»

Evocar sus gemidos, su piel blanquecina y sedosa. Mi maldito reflejo en sus pupilas doradas entre embestidas. Su adictivo sabor, el irrefrenable deseo de poseerla, su cabello envolviendo mi brazo en la mejor mamada de mi vida...

Traerla de vuelta con todo y su singular aroma me turbaba como si enfrente de mi estuviese. Era sin duda una señal de que psicológicamente yo no me encontraba bien.

Hacía varias semanas que lo que sabía de ella era a través de Eugene, a quién le pedí rondarla, sin que ella lo notase, por supuesto.

Luego de nuestro último encuentro en la oficina del centro comercial; todo se fue a la mierda.

Me excedí al dejar que la rabia me dominara y terminé tratandola de forma poco decorosa ¡Como si ella me debiese algo por haberse acostado conmigo una puta vez! Incluso a mi me descolocó mi reacción. Si ella lo merecía o no ya daba igual, además, verla en los brazos de otro hombre fue un maldito golpe que me vacío los pulmones y despertó una ira desmesurada, no fui capaz de controlarla y honestamente no quise hacerlo.

No la busqué, no la llamé. No acostumbro a disculparme y seguramente es lo que ella esperaba. Podía admitírme a mi mismo que la cagué, pero aunque fuese una mujer asombrosa no quebrantaría mis propias reglas. No debía ser más de lo que ya fue. Me quedaban un par de semanas aquí y luego me largaría a otro lugar, donde alguien más saciaria mi hambre y así mi vida iba siendo un maldito ciclo.

No me permitiría volver a involucrarme. Las relaciones que podía mantener eran netamente sexuales o laborales, sólo eso. No tenía nada más que ofrecer.

Su foto en mi galería privada sonriendole a unas orquídeas era tal como quería recordarla. Era jodidamente hermosa y... noble, demasiado para mi gusto. No había merecido ni un solo segundo de su compañía, lo sabía aun así lo disfruté. Me la follé como quise, pero no lo suficiente y no sentía remordimiento alguno por seguir deseandola.

April llegó a mi con una boca retadora con la que intentaba disfrazar esa bondad, que la acercaba más a ser un ángel que una mortal, pero pronto descubrí en medio de jadeos caóticos, embestidas violentas, corridas llenas de sudor y placer, que en ella habitaba un ser mítico y tan complejo como ambiguo. Mezcla perfecta de cielo e infierno.

El desearla cada día más era la señal correcta para largarme.

Me levanté y dirigí a la ducha, dejando que el agua fría me anclara a la realidad. Miré mi reflejo una vez más y noté una expresión de eterno desencanto. ¿Quién era este hombre? ¿Cuándo dejé de ser el Ethan seguro de sí mismo, el conquistador implacable?

Sabía la respuesta, pero no quería admitirla.

Sabía la respuesta, pero no quería admitirla

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TERCER ENCUENTRO. (LIBRO I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora