DESEOS INCONTROLABLES

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—Yo…

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—Yo…

«Termina de hablar, pareces idiota»

—No me gusta, Ethan. —morí de la vergüenza con el cuerpo encendido. —No me gusta lo que haces conmigo. Me molesta tanto que quisiera golpearte.

«Deshonra, desgracia…» canturreó mi subconsciente.

—April, mírame. —demandó con una deliciosa autoridad, que ejerció un control impresionante sobre mi cuerpo.

Sabía que sería un error, que sumergirme en ese azul me desestabilizaría por completo, pero aún así cedí; lo miré y supe que él podría hacer lo que le diera la gana conmigo.

—¿Qué te hace pensar que no me estás haciendo lo mismo? —rodeó con su dedo el vaso frente a él. —En este preciso momento me controlo para no arrojarme sobre ti. —habló con calma contenida.

Su lengua paseo despacio sobre su labio inferior, y mordí el mío en acto reflejo, suprimiendo las ansias. Su maldita aura me abducía.

Las ganas colgaban en cada una de sus palabras, consiguiendo que se me tambaleara la decencia.

El hombre frente a mi exudaba deseo, y el fuego del apetito que le tenía, me consumía empapando mi lencería.

Estuvimos un par de minutos en un duelo de miradas, dejando que el espacio entre ambos se tiñera con el más primitivo deseo.

Podía imaginarlo sobre mi, con su mano envolviendo mi cuello, poseyéndome una y otra vez.

Lo deseaba. Lo deseaba con locura desde el primer momento en que lo vi…

Momento justo en el que nació esta maldita atracción.

Alguien se aclaró la garganta sacándonos del trance y penetrando nuestra burbuja de tensión sexual. Era el chico que al percatarse de lo evidente se apresuró a dejar las órdenes y salió disparado, a quien sabe donde.

Ambos dimos un vistazo a los waffles. Con sumo erotismo tomé los cubiertos, me llevé a la boca con deliberada lentitud una rodaja de fresa, sus ojos siguieron mis movimientos, mis labios envolvieron la fruta y saboreé con calma, entre tanto sus ojos se comían mi boca.

Su respiración se volvió pesada, con los labios entreabiertos, los saboreó despacio. Era una lucha de seducción, una que él ganaba con solo estar ahí y mirarme como si no hubiese cosa más apetecible en el mundo. Como un cazador observa y desea fervientemente la presa que tiene en frente.

Tomé un pequeño sorbo de la limonada de melocotón, pero de nada sirvió, mi garganta seguía seca porque lo que ansiaba era el manjar de sus labios para saciar mi sed.

Removí mis piernas intentando apaciguar el incendio en medio de ellas, en el movimiento rocé levemente su pantorrilla, aquello fue definitivamente como derramar gasolina entre nosotros.

TERCER ENCUENTRO. (LIBRO I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora