DESEOS INCONTROLABLES

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—Yo

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—Yo...

Lo intentaba. De verdad quería articular palabras sin parecer una tonta pero era tan difícil coordinar mis pensamientos con él mirándome en la forma que lo hacia.

—No me gusta, Ethan —admití con el cuerpo encendido—. No me gusta lo que haces conmigo. Me molesta tanto que quisiera golpearte.

—April, mírame... —demandó con una deliciosa autoridad que ejerció un control impresionante sobre mis músculos.

Sabía que sería un error, que sumergirme en ese azul me desestabilizaría, aún así cedí; lo miré, y la fijeza de sus ojos me dejó claro que ese hombre podría hacer lo que le diera la gana conmigo.

—¿Qué te hace pensar que no me estás haciendo lo mismo? —rodeó con su dedo el borde del vaso frente a él, sin apartar la vista de la mía—. En este preciso momento me controlo para no arrojarme sobre ti.

Su voz sonó sombria,cargada de una promesa demasiado peligrosa. Deslizó la lengua despacio sobre su labio inferior, y yo mordí el mío en acto reflejo, suprimiendo las ansias. Su maldita aura me abducía. El hombre frente a mi exudaba un deseo primitivo que me consumía a la distancia empapando mi lencería. Las ganas colgaban en cada una de sus palabras, consiguiendo que se me tambaleara la decencia.

Dejamos que el espacio entre ambos se tiñera de una tensión insoportable. Podía imaginarlo sobre mi, con su mano envolviendo mi cuello, poseyéndome una y otra vez. Lo deseaba. Lo deseaba con locura desde el primer momento en que lo vi... momento justo en el que nació esta maldita atracción.

Alguien se aclaró la garganta. El ruido nos sacó del trance. Era el camarero del restaurante, que al percatarse de lo evidente se apresuró a dejar los platos y salió disparado, a quien sabe donde.

Ambos dimos un vistazo a los waffles, intentando recobrar el control, tomé los cubiertos y me llevé a la boca una rodaja de fresa con deliberada lentitud. Sus ojos siguieron el movimiento, mis labios envolvieron la fruta y saboreé con calma. La respiración de Ethan se volvió pesada. Sus labios se entreabieron y exhaló despacio. Era un duelo de seducción, uno que él ganaba con solo estar ahí y mirarme como si no hubiese cosa más apetecible en el mundo. Un cazador que observaba y deseaba fervientemente la presa que tenía en frente.

Tomé un pequeño sorbo de la limonada de melocotón, pero fue inútil. Mi garganta seguía seca porque lo que ansiaba era el manjar de sus labios para saciar mi sed.

Removí las piernas en un intento de apaciguar el incendio en medio de ellas, en el movimiento rocé levemente su pantorrilla. Aquello fue definitivamente como derramar gasolina en plena hoguera.

—April... —su voz ronca y cargada me tomó desprevenida. mordí mi labio inferior al tiempo que clavé mis uñas en las palmas intentando reprimir la desesperación por tenerlo. Me miró y exhaló fuerte —. Ven conmigo.

TERCER ENCUENTRO. (LIBRO I)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora