Furia

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Un marco estalló en pedazos. La furia desatada de Baran le había dejado sin aliento. Con la respiración entrecortada, se fijó en el desastre que había a su alrededor. Las carpetas de trabajo yacían desordenadas en el suelo y uno de sus numerosos premios por su magnífica yeguada estaba a sus pies, roto. La rabia que sentía hacia sí mismo, había dejado paso a la desolación más absoluta.

Había estado a punto de perderla en ese accidente en el olivar.

No podía olvidarlo.

Y las imágenes de una Dilan medio muerta desfilaban desgarradoras por su mente. Apenas podía respirar y su corazón desbocado sangraba por esa angustia que le atenazaba las entrañas.

Había sido su culpa. Ahora lo sabía. Jamás podría perdonarse. Mientras él sonreía sin alma en la presentación de la joya más especial de los Karabey, ella luchaba por su vida... perdiendo sus recuerdos por el camino. Un sudor frío le recorrió las espalda pensando en lo cerca que había estado de perderla irremediablemente.

Y todo por culpa de su furia desmedida.

Cerró los ojos. La había dañado una y otra vez desde que la conoció. No se la merecía. No se la merecía. Se repetía en su interior. Mientras él la odiaba, ella siguió amándolo. Y una angustia muy fuerte le atravesó el corazón cuando recordó las durísimas palabras que le dijo antes de que se desmayara en sus brazos debido a la tensión que llevaba viviendo durante tanto tiempo. Y pese al miedo atroz que sintió, él siguió tratandola con dureza.

Y ahora... gracias a Seher, sabía la verdad que él mismo ya había intuido.

Dilan siempre fue suya.

¿Cómo pudo dejarse cegar por su odio? No fue capaz de verla. De sentir su dolor. Ella no había podido dejar de lado lo que sentía por él, la vió temblar como una hoja tras la pesadilla que había sufrido mientras palpaba todo su cuerpo con ojos desorbitados, a punto de saltar del acantilado, derrotada, y cómo la angustia se reflejó en su rostro cuando su tío Hassan le apuntó con su arma... sus ojos llenos de una tristeza infinita cuando trataron de fingir su amor delante de su padre esa mañana frente al mar. ¡Por las estrellas! Él había tirado las rosas a la basura cuando la vió a ella mirandolas con ternura. Ese día la había dañado conscientemente con sus hirientes palabras.

Todos los gestos de Dilan estaban llenos de un amor inmenso que él fue incapaz de descubrir debido a la ceguera de odio que le había nublado y le impedía ver la realidad.

No sabía cómo iba a compensarla. Lo único que tenía claro es que le contaría la verdad a Dilan antes de la llegada de su familia por la reunión del clan Karabey.

Y... se llevó una mano a su pecho desbocado... Lo que más anhelaba, era que ella pudiese perdonarlo.

**********

Dilan estaba feliz.

La preciosa Mansión de piedra tenía una hermosa Biblioteca con volúmenes de la antigua Historia de Mesopotamia, había numerosos libros dedicados a plantas con fines curativos y con una sonrisa, recordó esta vez sin que nadie le narrara su historia, que Baran era un amante de la Fitoterapia. Y ensimismada, contempló la colección de libros sin percatarse que él la estaba observando desde la puerta de entrada.

Un rayo de sol de brillantes colores se colaba por la preciosa vidriera de intrincados motivos geométricos y jugaba con su luz en la hermosa cabellera de Dilan, que seguía hechizada por los libros de su colección privada. Estaba preciosa. Un sencillo vestido verde le moldeaba la silueta y realzaba su elegante figura, se fijó en el esbelto cuello que él juguetonamente había besado esa misma mañana en la cama que habían compartido. Siempre le pareció hermosa, desde esa vez que sus ojos se posaron en ella en las caballerizas hasta que la vió por primera vez vestida de novia en su boda forzada con los ojos brillantes por sus lágrimas desgarradas. Su esposa era lo más bonito que había visto en su vida. Siempre fue así.

KaderDonde viven las historias. Descúbrelo ahora