La siguiente etapa de la transformación, que era ser reconocida como una guapa, no sólo dentro de mi escuela sino internacionalmente —y competir incluso con Kate Moss y su pandilla— fue muy difícil. Implicó vencer muchas inseguridades y cambiar por completo la imagen que tenía de mí misma a pesar de mi transformación tan lograda. Habían pasado dos semanas desde la famosa fiesta y no me decidía a llamar a la agencia de modelos para hacer casting para el comercial. Por fin en un lunes, en el que no tenía nada más que hacer, hablé y me dieron cita para el día siguiente en la tarde. Me preguntaron sobre quién me había recomendado con ellos y cuando les dije el nombre del director: Fero (sin apellido), de inmediato me trataron muy amablemente. Me pidieron que llevara fotos y cuando les dije que sólo tenía las del colegio, la señorita, tranquilamente, acostumbrada me imagino a decenas de chicas sin ninguna experiencia, me dijo que, si era aceptada, la agencia se ocuparía de hacer mi portafolio. A pesar de que era un mundo tan diferente al que conocía yo en San Miguel, el mundo de la moda no me daba miedo. Había leído suficiente en las revistas y había visto muchos programas en la tele, recomendados por mis nuevas amigas, para saber más o menos de qué se trataba. No quería contarle a nadie en la casa de mi propósito de modelar para ganar dinero porque ésa seguramente era considerada una ocupación indigna para alguien de la familia. Me preguntaron mi edad y mentí, dije que tenía diecinueve años y me dijeron que era muy importante que tuviera ya la posibilidad de trabajar y de dar recibos de honorarios. Si no era así tendría que llevar un permiso de mis padres o tutores.
No quería ir sola, así que le hablé a Pola. Pola, arreglada, podría pasar fácilmente por mi amiga de veinte; cuando le hablé para pedirle el favor, accedió felizmente. Le encantaba ese tipo de aventuras. Después de clases, Pola llevaba un cambio de ropa y fuimos juntas en mi coche a la agencia en el Pedregal. Me hicieron pasar con la directora de la agencia quien me hizo caminar y me dijo que estaba aceptada, que tenía un look súper natural y fresco (¡ajá!) y que había un casting al día siguiente al que tenía que ir. Que después haríamos lo del portafolio y mi hoja de contactos que llevaría a los castings en el futuro, pero que por lo pronto la foto del colegio bastaría. De pronto entró la secretaria y le dijo algo a la directora de la agencia. La directora me miró y dijo que mi madre acababa de llamar para decir que era menor de edad y que no tenía su consentimiento para trabajar modelando. La directora me dijo que lo sentía, pero que en ese caso no me aceptarían, ya que aunque sí podrían aceptarme siendo menor de edad, sólo sería con el consentimiento de mis padres. "Lo siento pequeña porque tienes el look que estamos buscando, pero necesitamos que tu madre te acompañe o que firme un permiso". Trata de convencerla, me dijo al final. Mi vergüenza fue total, me habían cachado en mi mentira y aunque la directora de la agencia se había portado muy amable, me apenaba salir y enfrentar a la secretaria y a las modelos en la sala de espera con mi cara de idiota, o por lo menos de niña mentirosa.
Fuera mis sueños de modelaje, fama y amor. Me había imaginado la cara de Dago al verme en un comercial en la tele o en alguna revista. Sin embargo, algo de esa supuesta llamada de mi madre no cuadraba. Jennifer llevaba semanas absolutamente clueless de mis actividades después de clases y yo no había dejado ningún indicio en casa de lo que me proponía hacer. Cuando había hecho la llamada a la agencia, me había asegurado de que ella no estuviera en casa e incluso había borrado el registro del teléfono de llamadas recientes hacia el exterior. Me intrigaba, pero pronto lo averiguaría. Esta sí no se la perdonaría a Jennifer jamás. Fui a dejar a Pola, quien se río mucho de la aventura. Al llegar a casa me enfrenté con Jennifer; sin embargo vi su cara de absoluta sorpresa cuando la interrogué sobre por qué había llamado a la agencia. Ella no entendía de qué estaba hablando. Supe que decía la verdad porque Jennifer nunca miente, aun cuando debería hacerlo. Esa llamada entonces, de mi supuesta madre, era un misterio.
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Mi vida de rubia
RomancePamela, una chica de 17 años, vive en San Miguel de Allende, Guanajuato, con sus padres siento hija única. Durante la mayoría de su vida se a visto como una "recha", empezándose a sentir un fantasma social, visible para su pequeña familia pero invi...
