Había llegado el momento de partir. Recuerdo que fui a dar una última vuelta en bici por mi ciudad, me detuve en una heladería al aire libre a un lado del zócalo para comerme lo que seguramente sería mi último vasito de pétalos de rosa: mi helado favorito. Vi a una parte del popu crew sentada en una mesa. En ese momento sentí alivio al saber que no tendría que volverlos a ver, a tal grado que tuve una gran urgencia por llegar ya a la ciudad de México e iniciar mi nueva vida. Escuché que estaban planeando irse a la playa antes de que empezara la escuela y platicaban de una fiesta a la que iban a ir esa noche en casa de Ximena. Ninguno me miró jamás; ni siquiera reconocían mi presencia. Pensé también en ese momento que si se me hubiera ocurrido hacer este mismo plan de auto transformarme en San Miguel nunca lo habría llevado a cabo. Me habría dado pena llegar a la escuela y ver a la misma gente de toda la vida y que me vieran tan diferente. Nadie me lo habría creído. Ser popular era una cuestión de esencia en ml escuela, o nacías in o no lo serías nunca. Allí, sólo hubiera sido vista como una imitación chafa de Ximena. Pensaba que en la ciudad nadie sabría que yo no había sido una guapa y súper in desde siempre, que no había nacido así.
Un pretexto bueno para haberlo hecho en San Miguel habría sido si, por ejemplo, hubiera pasado un año en París, como mi tía abuela Pam, o como en esa película que vi el otro día con Jennifer, donde Sabrina, el personaje principal, es la hija del chofer de una gran casa y está enamorada del hijo del dueño sin que él jamás la volteé a ver. Sólo cuando Sabrina se va a París y regresa guapísima y sofisticada con un nuevo look, el chico por fin se fija en ella, porque ya habla francés y usa ropa sofisticada. De los cuatro miembros de la familia, Jennifer era la que se veía más triste por la dudanza. Miraba su jardín y su hortaliza con los mismos ojitos húmedos con los que Tolstoi me mira de repente. A veces cuando lo he notado así, me trato de imaginar qué podría poner a un perro tan triste, pero nunca logro pensar en nada. Alejandro, sin embargo, estaba, como yo, de tan buen humor y tan emocionado con su nuevo trabajo que todo el día tarareaba canciones de los Beach Boys.
Ese día en la noche revisé todos los papeles que tenía que tirar antes de la gran mudanza y me encontré una foto de mi salón en primero de primaria. Me acordé por primera vez en muchos años que en el kinder todos nos llevábamos muy bien. Empecé a recordar cómo jugaba con Ximena y Dago en la alberca de arena. Construíamos ciudades con cubos enormes en el salón y nos sentábamos horas a pintar o a hacer dibujos juntos. En esos tiempos todos éramos iguales. Lo in y lo no in no existía. Trato de recordar cuándo fue que todo empezó a cambiar y no puedo identificar un día o un momento en específico. Creo que fue justo antes de que entráramos a la secundaria, cuando empezamos a convertirnos en seres sexuales. Allí las mujeres guapas empezaron a llamar aún más la atención y nos anularon a las demás. Supongo que tendrá algo que ver con la ley de la supervivencia de los más hermosos.
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Mi vida de rubia
RomansaPamela, una chica de 17 años, vive en San Miguel de Allende, Guanajuato, con sus padres siento hija única. Durante la mayoría de su vida se a visto como una "recha", empezándose a sentir un fantasma social, visible para su pequeña familia pero invi...
