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Noah

Estaba en una mesa de un bar cerca de la playa, con el mar y Roma como acompañantes. Si tuviera que describir el ambiente del lugar en el que estábamos, diría que era animado, veraniego. Lástima que sus hermosas vibras contrastaran con el torbellino de emociones que nos embargaba a ambos.

Mis manos apretaban el vaso de cerveza mientras mis ojos examinaban cada rincón de la habitación. La música estruendosa se desvanecía en el aire, ahogada por la amargura que cargaba mi cuerpecito. La decepción era lo más doloroso de todo.

Sentía bajar la frescura del alcohol por mi garganta mientras observaba a Roma y veía en su mirada la misma desilusión que me consumía. Estaba más que claro que la rabia recorría nuestras venas y nuestros gestos reflejaban la frustración que nos carcomía por dentro. Ella apretaba los puños, luchando contra las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. Me acerqué y entrelacé mis dedos con los suyos, tratando de ofrecerle un poco de consuelo en medio de esa tormenta.

Definitivamente, todo pintaba a que iba a ser un buen verano. Y esto... esto lo había jodido todo. Nuestros mundos habían sido sacudidos de la peor forma posible. Descubrimos que nuestras parejas, en quienes confiábamos plenamente, nos habían sido infieles. ¡Y no solo eso, joder! Lo habían hecho con la maldita pareja del otro.

Tomé otro sorbo de la segunda cerveza que me bebí sin ingerir nada hace más de cuatro horas. Roma iba por el quinto vaso de un líquido cuyo origen desconocía. Con una de mis manos intenté quitárselo de las manos cuando se lo estaba por llevar de vuelta a los labios, temiendo que le hiciera mal, pero a ella parecía no importarle porque respondió poniendo los ojos en blanco.

—Emborracharme es lo único que me ayudará con esta mierda, déjame ser feliz —dijo como si pronunciar cada palabra le costara horrores—. La vida es una y nos acaban de poner unos buenos cuernos, choca esta —Alzó su copa y me esperó, ansiosa porque accediera a su gesto.

Finalmente, chocó su copa y se echó a reír. Volvió a darle un gran sorbo a la bebida y le guiñó el ojo al camarero, que segundos atrás, se encargó de darle cada trago de la manera más rápida posible como si no hubiera más clientes esperándolo.

Cuernos.

Me habían puesto los cuernos.

Y yo como un idiota esforzándome cada minuto por salvar la puta relación.

Las imágenes que yo mismo me encargué de crear acerca de la infidelidad se repetían incansablemente en mi mente, exacerbando mi dolor. Sentía una mezcla de ira y tristeza que amenazaba con devorarme entero. El nudo en mi garganta me impedía hablar, pero mis ojos y los tragos largos que le estaba dando a esta cerveza hablaban por su propia cuenta.

No me debería haber sentido culpable de besar a Roma.

—No lo puedo creer —lo solté al fin, desgarrado. Vi a Rollamando otra vez al camarero a los gritos y le pegué un codazo. El hombre de bigote la miró, me miró y nos enseñó los dientes—. ¡No, gracias! ¡Ya no quiere más! —aclaré.

—¡Que sí! ¡Sí quiero, bigotitos! —Por Dios, ¿cuánto alcohol tenían esas copas?

Le tapé la boca de un manotazo para susurrarle:

—Basta, Roma. No puedes beberte la vida solo por ese idiota.

—Qué dices, amigo, llevas como diez cervezas por la rubia Barbie —balbuceó debajo de mi mano como pudo.

¿De verdad llevaba tantas? No. Bueno, es decir... no las conté, pero no me sentía mareado ni nada por el estilo y debería estarlo, hacía mucho que no ingería tanto alcohol. De hecho, ni debería estar haciéndolo, no es sano para los deportistas ni para nadie en general.

Efectos Secundarios ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora