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Roma

—Sé estar sola, lo que no sé es estar en pareja.

La psicóloga levantó la vista y anotó algo en su cuadernillo. Siempre anotando. Me daban ganas de preguntarle qué ponía. “Paciente con evidente incapacidad para gestionar relaciones humanas sin entrar en pánico”. Algo así, seguro. Conocía a Mariana, ya era como la quinta sesión de puro drama.

—Sabes dar amor, pero no recibirlo —soltó, con su tono de sé cosas sobre ti que tú no quieres admitir—. Cuando te muestran cariño, te asustas porque no sabes qué hacer con él. Por eso te acojonas, como hiciste con tu amigo/novio el otro día. Tienes miedo de que ese amor sea… complicado, como dices que era el de tu anterior pareja.

Encima educada. Un tiro directo a la herida, pero con buenos modales. Eres una genia, Mariana.

—Ya… —El silencio hablaba más que yo—. ¿Qué dices de lo de mi amigo? ¿Cuándo me acojoné con Noah...?

—El día del entrenamiento, por ejemplo. Cuando él quiso contarle al equipo lo del juego de simulación y decir que ahora realmente están saliendo, tú escapaste.

—Yo no…

El agua salada todavía me picaba en los labios cuando salí del mar. Justo antes de llegar a la orilla, una bola de arena mojada me explotó en la espalda.

—¡Justin!

—¿Yo qué? —Sonrió con falsa inocencia, amasando otra bola entre las manos.

—¡Toma! —Ted me pasó una, pero antes de que pudiera lanzarla, Justin me atacó de nuevo.

—¿Quieres pelea, nena?

—Primero: ya te he dicho incontables veces que no me digas "nena". Segundo: tengo los ojos arriba. Piensa rápido.

Le tiré la bola directo al pecho, pero esquivó con agilidad, burlándose. Ted, siempre en su rol de comentarista no solicitado, agitó los brazos.

—¡Señoras y señores, presenciamos el nacimiento de una rivalidad! ¿Enemies to lovers? ¡Próximamente lo sabrem...!

—¿Desde cuándo eres un relator? —le pregunté de pasada.

—Desde que este equipo carece de drama amoroso explícito —respondió, mirando de reojo a Noah, que estaba a unos metros armando la tabla en la arena.

Él no estaba metido en la pelea de arena, pero sí en algo peor: su modo líder del equipo.

—¿Terminamos la guerra o tengo que esperar a que alguien salga herido? —preguntó Noah, con los brazos cruzados.

—Tranquilo, jefe —dijo Ted, sacudiéndose arena del pelo.

Noah puso los ojos en blanco.

—Vengan, hay que hablar de la competencia.

Nos acercamos en círculo, y él empezó a hablar de posiciones, equilibrio, estrategias. Hasta ahí, todo normal. Lo que no era normal fue que, de repente, se pusiera detrás de mí y me agarrara de la cintura para demostrar algo sobre el balance.

—Así tienes que distribuir el peso… —dijo, guiándome sobre la tabla.

—Ajá…

—Flexiona un poco las rodillas.

—Ajá…

—Y ahora inclínate levemente hacia...

Efectos Secundarios ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora