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Roma

Y así, luego de dos días agotadores mentalmente, estaba de pie frente a la puerta, y Noah estaba a mi lado, tan inmóvil como yo. Me sorprendía lo tranquila que parecía la calle, como si no entendiera lo nerviosa que me sentía. Respiré hondo, intentando convencerme de que estaba lista, aunque sentía el corazón latiéndome en el cuello.

—¿Estás bien? —preguntó él, su voz baja pero firme.

Asentí, aunque no estaba del todo segura. No era una mentira, pero tampoco era toda la verdad.

—¿Y tú? —pregunté, mirándolo de reojo.

Noah tardó en responder. Sus ojos estaban fijos en la puerta, como si intentara atravesarla con la mirada. Parecía estar debatiendo si avanzar o dar media vuelta y marcharse para dejarme dar el paso valiente a mí sola.

—Sí —respondió al final, aunque su tono sugería que intentaba convencerse a sí mismo.

La distancia entre nosotros y la puerta era ridícula, yo podía. Tenía que poder. No todo tenía que ser como mi anterior vez, ¿no? Mis dedos rozaron el picaporte, pero no lo giré.

—Es solo una puerta —murmuré, como si decirlo en voz alta lo hiciera más fácil.

—Sí, piensa que lo haces para ti, para nosotros, para los que te queremos y para que el día a día se te haga menos... doloroso —respondió, con una media sonrisa.

Me reí de la forma tan seria en la que lo dijo, a pesar de todo. Fue un sonido breve, nervioso, pero real.

—No pensé que te pondrías filosófico justo ahora.

—Siempre me gusta sorprenderte.

Por un momento, me olvidé de la puerta. Lo miré, y algo en su expresión hizo que mis hombros se relajaran un poco. Tal vez no estaba lista, pero él estaba ahí. Y eso, de alguna forma, hacía que mi ansiedad fuera menos aterradora.

—Vale, ya iré, antes de que cambie de opinión —dije, porque sabía que si me quedaba quieta un segundo más, iba a congelarme del todo.

Noah asintió. Sus dedos rozaron los míos, un gesto tan sutil que casi lo ignoré, pero estaba ahí. Lo suficiente para recordarme que no estaba sola.

Y entonces, giré el picaporte.

La placa de la siguiente puerta tenía letras doradas y pulidas: Mariana Kisther – Psicóloga. Me quedé un momento ahí, con la mano suspendida en el aire, dudando entre golpear o retroceder.

—¿Segura que no quieres que me quede? —preguntó Noah desde detrás de mí, su tono suave, sin presión.

Aún no estaba del todo lista como para que alguien más fuera de mí oiga lo jodidamente rota que estaba. Al sentir dolor o pasar por una situación complicada solo suspiraba profundo, le dedicaba unas noches de inmsomio al problema y luego tenía el don de ocuparme con otras cosas para ocupar el vacío y poder olvidar, poco a poco. Porque con el tiempo todo se olvida, ¿no? Bueno, eso creía. Los pensamientos sí, gradualmente se hacían menores, de pasar de pensarlo cien veces al día se reducía a dos, una o ninguna, ¿pero realmente lo había borrado de mi mente o aún seguía afectando de manera inconsciente a mi salud y a mi forma de ser?

Efectos Secundarios ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora