*se requiere discreción por escena obscena y ser mayor de edad. Gracias, puercos*
Noah
Mis manos, que eran el doble de grandes que las suyas, se sujetaban a su cintura con fuerza acompañando el movimiento de mis caderas. Nuestros cuerpos encajaban de manera perfecta, casi irreal. Cada embestida se sentía aún mejor que la anterior. Ella entera, con sus gestos, su olor, sus gemidos, me volvía loco, de hecho: Cada. Maldita. Parte. De. Su. Ser, me volvía completamente loco. Me sacaba de quicio hasta tal punto de enojarme. Enojarme porque era imposible tenerla más cerca y aún así necesitaba más. Más. Mucho más. La deseaba como nunca más había deseado a nadie en mi vida. Y quería que ella sintiera eso.
—Noah... —Su voz era música para mis oídos pero al mismo tiempo me daban ganas de acabar con ella en el mejor sentido del mundo.
Mi visión se desplazó a sus dedos que se aferraban de la tela del sófa cómo podían. Me causó gracia lo tensa que se ponía para intentar no notarse tan sumisa y vulnerable ante mí. Pero yo, justo yo no podía permitirlo. Estiré sus brazos de manera que sus muñecas queden unidas y las sujeté con una de mis manos, sin dejarla salir. Frené mi movimiento, dejándola adentro y a ella ansiosa. Con la mano libre me ayudé para que mi cuerpo no caiga sobre el de ella y haciendo una especie de flexión, le susurré al oído:
—Relaja las piernas, princesa.
—Quiero que tú también disfrutes... prefiero... —titubeó.
—Yo prefiero que la sientas bien.
La callé con un beso que terminó en desesperación. Sus uñas clavadas en mi espalda. Su aliento golpeando mi cuello y mi boca sin querer separarse ni un solo segundo de ella. Intentaba concentrarme en mis movimientos dependiendo las muecas que hacía, quería estudiarla para ver que tanta presión ejercer y como moverme adentro de ella. Fuera de mi ego, no parecía estar haciéndolo mal. Cada jadeo y ojos en blanco que largaba Roma era un sí, y cada beso ansioso y torpe era un simple "metele más fuerte". Cuanto más lo iba pillando, más tensión y conexión sexual había entre los dos.
Me sorprendía lo rápido que la leía, quizá era porque había estado leyéndola a lo lejos, con paciencia, verano a verano, desde que tenía vida. Tanto que se sentía tan estúpidamente irreal poder tenerla tan cerca pronunciando mi nombre. Besándome. Yo. Besándola. A. Ella.
—Joder —me quejé por lo bajo pensando en aquello. Levanté apenas un poco la mirada y sus ojos, brillosos del placer, me estaban observando, fijo.
Su clavícula desnuda, sus pestañas larguísimas y el ceño fruncido—. Parece todo un sueño de lo bonita que eres.
Casi pude notar como le ardían las mejillas.
—¿Qué dirán tus padres de que su hijo, el más santo de todos los tiempos, al final no es ni un poquito san...?
—Me subestiman. No está bueno eso.
—Ya, pero...
—Como no está bueno que tú hables, prefiero que gimas.
No le di mucho tiempo como para que de una respuesta decente, pues mi agarre contra sus caderas y la presión de mi miembro en su interior no fue para nada inofensiva. Su grito fue satisfacción. Lujuria. Por mi parte, ganas de que solo sea mía, a pesar de ser el chaval menos posesivo del universo con el resto.
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Efectos Secundarios ©
RomanceNoah aprendió a hacer reír a Roma antes de decir "papá" por primera vez. Siempre fue consciente de la existencia de algo especial en su amistad, pero cuando se reencuentra con ella luego de dos largos años en su casa de verano, se da cuenta de que s...
