Roma
Sentada sobre el puff de la sala de juegos. Un pequeño aire de la nueva mañana de verano golpeaba mi cara. La lista sobre mis muslos. Bolígrafo en la mano. Tres, dos, quizá cuatro pequeños clic a la tapa con mi boca.
Empezaba a desconfiar de que había sido una buena idea ir a la psicóloga, sin embargo, Noah a mi lado con una sonrisa viendo como intentaba el ejercicio, me despejaba de aquel pensamiento.
La tarea era sencilla, bueno, sencilla para exactamente las personas que no tenían lo que yo tenía: confusión e inseguridad. No saber decir que no. Entre millones y millones de cosas. El caso es que él, a pesar de parecerle sencillo y haberlo admitido, no me trataba como una tonta por no saber por dónde arrancar, solo me miraba con ternura y paciencia.
Siendo honesta, estaba igual de confundida que ustedes, no sabía bien en qué sintonía estábamos. No tenía en claro si estábamos jugando, si era de verdad (a pesar de todas sus aclaraciones de que sí), si éramos amigos o si éramos una especie de casi algo/casi nada, como le dicen ahora. Simplemente, luego del beso intenso en la playa y de sus palabras de reconfortanción, me di cuenta que estando con él era todo más fácil y bonito. No sé si eso significaba que estaba enamorada y, como no tenía la fuerza necesaria como para tirarme a la piscina tan... pronto, solo le pedí continuar así pero con la condición de que yo también arrancaría terapia.
¿Fluir? Qué va ¿Continuar? Sí, tal vez, puede, continuar un poco de eso que me hacía bien. Spoiler: el continuar así terminó en tratarnos como amigos, aunque he de admitir, que a veces (por no decir siempre) se nos fue un pelín las manos el papel de amigos cariñosos.
—¿Y bien, guapa? ¿Vamos a estar todo el día aquí con todo lo que te he educado para que no me digas ni una sola cosa que no tolerarías en una nueva relación?
Miré la parte superior de la hoja y sonreí viendo el "10 cosas que NO quiero ni tolararé jamás"
—Es que… no sé por dónde empezar —murmuré, girando el bolígrafo entre mis dedos.
Noah soltó una risa baja, de esas que parecían más un suspiro divertido que otra cosa. Apoyó el codo en el respaldo del puff y me miró con la cabeza ladeada, como si estuviera esperando que se me prendiera la lamparita de un momento a otro.
—A ver, te lo pongo fácil —dijo, inclinándose un poco hacia mí—. Piensa en lo peor, en lo que más detestaste de todo. Esa cosa que te hizo decir: “nunca más, Owen”
Mi mandíbula se tensó al instante pensando en el baño de aquella vez mientras viajaba como siempre, a los momentos en los que mi voz parecía haber desaparecido. A las veces en las que mis “no” eran recibidos con indiferencia, con una carcajada burlona, con un “pero si lo hago porque te quiero”.
Y a pesar de haberlo pensado, no pude decirle nada.
No. En qué contexto se lo contaría a Noah si ni a mis padres se los pude contar.
Me removí en el puff. Un escalofrío me subió por la espalda. Noah no apartó la mirada. No con presión, sino con ese tipo de paz que daba seguridad.
—No quiero que me hagan sentir culpable por poner límites —solté, casi sin pensarlo.
Noah asintió como si hubiera esperado esa respuesta desde el principio.
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Efectos Secundarios ©
RomanceNoah aprendió a hacer reír a Roma antes de decir "papá" por primera vez. Siempre fue consciente de la existencia de algo especial en su amistad, pero cuando se reencuentra con ella luego de dos largos años en su casa de verano, se da cuenta de que s...
