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Roma

Verano cruel, diría Tay

La terraza de la casa de verano siempre había sido uno de mis lugares favoritos. Tenía algo de refugio, de escondite seguro. Como si el mundo se quedara abajo y aquí arriba solo estuviéramos nosotros y el cielo. Esa noche el aire era cálido, con olor a madera y verano que estaba por acabar. Las estrellas se veían claras, sin nubes. Noah me había prometido que si yo lo esperaba en la terraza, luego de cenar, me daría una sorpresa; pero tenía que hacerlo discreto. Nada de que se entere mi padre o —palabras textuales de Noah—: lo iba a comer crudo sin ningún tipo de problema a futura intoxicación.

Al llegar, solo vi una manta sobre unos cojines en el piso y unas luces adornando la baranda que daba para las vistas al mar. Ah y Noah había puesto música, Taylor Swift sonaba de fondo. No podía creer que ya le había pegado mi gusto musical desde peque. Me senté sobre uno de los cojines a esperarlo. ¿Qué había tramado? No lo sabía. Admiré el sonido de las olas del mar por unos segundos y, justo cuando estaba arrancando el estribillo de "Cruel summer", veo la silueta de un hombre en el piso de madera. Un hombre con algo enorme en sus manos.

—Sé que a los doce te daban alergia, ahora solo espero que al menos te saquen una sonrisa.

Me giré.

Él.

En camisa blanca.

Arreglado como para una cita.

Con un ramote enorme de rosas de un rojo que parecía irreal de lo brillante que era.

Y yo.

Yo en pijama, ja.

Me acomodé el pelo —algo era algo, como para no sentirme tan mal— y luego los ojos se me tornaron lagrimosos. No nombré que nunca nadie me había regalado flores y que había entregado más mi cuerpo que recibido de ellas, no quería sentirme como una víctima todo el tiempo. Me lo guardé para mí y acepté mi realidad: tenía un chico al lado que me estaba demostrando que no tenía que pedirle que haga cosas tan sencillas como esa y me estaba mirando con amor esperando uba reacción hace... joder, me quedé como dos minutos tiesa sin darle respuesta.

—¿No te gustan? —noté como su mirada se centralizó en mis ojos—. Puedo ir a por otras, princesa.

—¡Qué va! —me sequé los ojos. Que vergüenza—. Estás loquísimo.

Corrí a sus brazos y le agradecí el ramo, contenta. Esperando despertar del sueño. Cuando vives tantas decepciones amorosas, crees que es imposible volver a sonar como Lover de Taylor, pero lo extraño es que yo me sentía exactamente como esa canción con Noah a mi lado. Derribé mi hipótesis.

—Además estás guapísimo —Y yo con todo el pelo en una coleta asquerosa, pensé y no lo dije en voz alta—: y yo... bueno. No sabía que... deja que me voy a poner acorde a...

Su dedo se pegó a mi boca.

—Me sigues gustando así de despeinada y con tu pijama de peces, no quiero perder ni un segundo de tenerte cerca —Su mano bajó por mi cintura. Ese pijama era lo menos sexy del universo, Noah debía amarme de verdad.

—Por favor, déjame ponerme como la Roma guapa. No puedo permitirme verte con esa camisa —jugué con el borde de cuello— y yo así.

—¿Puede la Roma "no guapa" darle un beso al Noah guapo, al menos, antes de irse? Morirá de deshidratación por ir a correr a por sus flores —Sonreí de lado y me lancé a sus labios haciendo puntitas de pie. Agarré su cuello con fuerza, tironeé de él y lo besé finalmente con suavidad, en forma de despedida, o eso consideraba hasta que él ronroneó—: Ro.

Efectos Secundarios ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora