13. La vida moderna

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Juanjo lleva recluido en su casa toda la semana. Se ha cogido los días de vacaciones que le quedaban este año para hacerse bolita en el sofá. Bea está preocupada por él y le organiza una cena de tranquis en su casa. Evidentemente, no le ha avisado de que se iban a presentar con unas cajas de pizzas y unas cervezas, porque sabe cuáles habrían sido sus palabras: «Estoy bien. No necesito a nadie».

Por eso cuando suena el timbre, le pillan en pijama, descalzo y con una barba de una semana. Está tentado a no abrir la puerta, pero Omar le amenaza con que si no lo hace va a llamar a la policía. Consciente de las pintas que tiene, intenta convencerles de que le dejen solo. Por supuesto no lo consigue y acaba abriéndoles la puerta.

Al verle de esa guisa, Omar se preocupa y su vena sanitaria se pone en alerta máxima.

—¡A la ducha, ya! —le ordena.

Juanjo intenta resistirse, sin embargo, Omar no va a permitir que su amigo siga cayendo en picado sin hacer nada. Lo conduce al baño y prácticamente lo mete en la bañera a empujones. Después lo sienta en la banqueta y le afeita.

—Y ahora a cenar, que a saber el tiempo que llevas sin comer. ¿Cuántos kilos has perdido?

—No los suficientes, todavía tengo lorza.

—Juanjo, tío, ya vale de comparecerte de ti mismo. Si tanto le quieres, intenta recuperarle.

Le pasa el brazo por encima del hombro y lo conduce hasta el salón.

—Se ha ido. Lo he perdido para siempre. Y no le culpo porque iba a querer estar conmigo. Él es guapo y siempre a la última... yo un despojo y no estoy hecho para la vida moderna.

Sus amigos, sentados en el salón, se ponen de pie en cuanto lo ven entrar para decirle lo guapo está. Sin embargo, él no cree ninguno de sus comentarios.

—Si yo fuera Martin en este momento, me tiraría en tus brazos —le dice Salma.

—Pero no lo eres. Él se ha ido lejos... porque no quiere cruzarse conmigo.

—Si se fue en algún momento, ha vuelto. Porque, ayer, nos lo encontramos Omar y yo.

—¿Dónde? —Axell intenta hablar, mas Juanjo no se lo permite—. Da igual, no quiero saberlo. Si quisiera volver, me habría llamado.

—¿No lo bloqueaste? —pregunta Bea.

—Lo desbloqueé al día siguiente.

—¡Ah! —Se ríe—. Voy a decirte donde está y tú ya ves lo que haces con la información. Ha vuelto a trabajar en La nave del olvido.

—¿En serio? Si me dijo que ya no se sentía identificado con ese curro.

—Igual lo hizo porque te veía sufrir. Yo, ayer lo vi entregado y disfrutando. Tengo el vídeo por si quieres verlo.

Juanjo sabe que va a ser duro, aunque no puede resistirse y acepta la oferta. Al instante, reconoce al Martin de los primeros días, feliz y risueño, parece que ha rejuvenecido varios años. Hacía tiempo que no le veía tan bien, hace memoria y sabe cuando ocurrió ese cambio: al dejar de bailar cada noche.

—Tío, ¿por qué no vamos mañana? Te acompañamos y cuando acabe su show te acercas y hablas con él.


Yo llorera traigo. Si dependiera de mí, lo llevaría arrastras a la nave del olvido. Ahh, espera que sí depende mi. Muhahaha.

¿Debería hacerlo o esperamos?

La Nave del OlvidoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora