-No puedo creer que no se lo hayas dicho a tus padres -dijo T. J. Aún tenía la voz débil y ligeramente ronca, pero el tono de reprimenda resultaba inconfundible-. No, aguarda; puedo creer que no se lo hayas dicho tú, pero no que no se lo hayan dicho ni Cake ni Finn. ¿Cómo puedes ocultar a tus padres que alguien ha intentado matarlas a Cake y a ti, y casi lo ha logrado?
Fionna se rascó la nariz.
- ¿Te acuerdas de cuando eras pequeña, que eras capaz de cualquier cosa con tal de que tus padres no se enteraran de que te habías metido en un lío? Pues es algo así, pero... -Se encogió de hombros-. Todo ha terminado. Tú estás viva, Cake y yo estamos bien, y no quiero hablar de ello. Con todo el alboroto que se ha armado en los medios de comunicación y el funeral de Luna, ya no puedo aguantar nada más.
T. J. volvió con cuidado la cabeza, todavía cubierta de vendajes, para mirar por la ventana del hospital. Llevaba ya una semana fuera de la unidad de cuidados intensivos, sin embargo, para ella una buena porción de la semana anterior había desaparecido para siempre. No recordaba nada del día de la agresión, de modo que se desconocía lo que había sucedido con exactitud. Marshall y el detective Bernsen habían propuesto una teoría lógica, pero nadie lo sabría nunca con seguridad.
-Ojalá hubiera podido asistir al funeral -dijo con expresión triste y distante. Fionna no contestó, pero se estremeció en su interior. Mejor que no haya sido así, pensó. Ojalá no tuviera ella aquel recuerdo.
Habían pasado dos semanas, y todas las noches se despertaba de repente, bañada en sudor y con el corazón acelerado por el terror de una pesadilla que no conseguía recordar. Naturalmente, teniendo en cuenta lo que le había recetado Marshall para paliar las alteraciones del sueño, la experiencia no había sido mala del todo. Puede que se despertara aterrorizada, pero volvía a dormirse con todos los músculos relajados gracias a una sobredosis de placer.
Marshall también había pasado alguna que otra mala noche, sobre todo al principio. Como el héroe que era, lo molestaba no haber podido ser el primero en llegar a donde estaba Fionna. Aquello le duró hasta que una noche Fionna entró en la ducha, metió la cabeza debajo del agua y se puso a vociferar: «¡Socorro, me estoy ahogando!». Bueno, intentó vociferar, pero aún tenía la garganta inflamada y dolorida, y Marshall dijo que parecía más bien el grito de cortejo de una rana. Retiró la cortina de la ducha y se quedó allí de pie, mirándola furioso mientras se salpicaba todo el suelo de agua.
- ¿Te estás riendo de mi complejo de héroe?
-Sí -contestó ella, y volvió a meter la cabeza bajo el agua para hacer una segunda imitación del ahogado.
Marshall cerró el grifo del agua con un giro de muñeca y le propinó un azotito en las nalgas desnudas, lo bastante fuerte para arrancarle una exclamación de enfado, a continuación la envolvió con sus brazos y la sacó en volandas de la ducha.
-Vas a tener que pagar por esto -gruñó mientras se dirigía a la cama y la dejaba caer sobre ella. Acto seguido empezó a quitarse la ropa mojada.
- ¿Ah, sí? -Empapada y desnuda, ella se estiró sinuosa, arqueando la espalda-. ¿Y qué tienes pensado?
Alargó una mano para acariciar la pulsante erección de él, y a continuación se tumbó boca abajo y lo capturó. Marshall se quedó muy quieto.
Entonces, delicadamente, igual que un gato, lo lamió. Marshall se estremeció. Saboreó toda su longitud. Marshall dejó escapar un gemido.
Volvió a lamerlo y lo recorrió con la lengua por la cara inferior.
-Creo que sí, que efectivamente debo pagar -murmuró-. Y creo que el pago debe incluir el hecho de... tragar. -Se lo metió en la boca y unió la acción a las palabras.
Desde entonces, al menos una vez al día, Marshall ponía cara de pena y decía:
-Me siento muy culpable.
Ja.
La actitud de Marshall, más que ninguna otra cosa, la había ayudado a superar su trauma. Él no la había tratado como a una niña pequeña; la había amado, consolado, le había hecho el amor con tanta frecuencia que ella se sentía dolorida, pero ya está, aquello fue más que suficiente. Había podido reír otra vez.
Todos los días iba a ver a T. J., que ya estaba recibiendo terapia física a diario para superar las discapacidades resultantes de las heridas sufridas en la cabeza. Aún hablaba con dificultad, pero mejoraba día a día; su control de la pierna y el brazo derechos era como mucho incierto, pero eso también mejoraría bastante con el debido esfuerzo. Galán había estado constantemente al lado de su mujer, y si la pura devoción que traslucían sus ojos era indicación de algo, era que las dificultades conyugales habían quedado atrás.
-Volviendo a lo de tus padres -dijo T. J.-, ¿ vas a decírselo hoy, cuando vayas a recogerlos al aeropuerto?
-No inmediatamente -repuso Fionna-. Primero tengo que presentarles a Marshall. Y luego tenemos que hablar de la boda. Además, he pensado que deberíamos decírselo juntas Cake y yo.
-Más vale que lo hagas antes de que lleguen a casa, porque seguro que los vecinos se les echarán encima cuando vean que ya han regresado.
-Está bien, está bien. Se lo diré- T. J. mostró una ancha sonrisa.
-Y diles también que pueden darme las gracias por haber retrasado tu boda una semana, así tendrán un poco de tiempo para descansar.
Fionna soltó un resuello. Ciertamente, el hecho de retrasar la boda una semana le permitiría a T. J. asistir, aunque fuera en silla de ruedas, pero dudaba que su padre, por lo menos, diera las gracias a nadie. El hecho de celebrar la boda al día siguiente le habría venido de perlas, porque de ese modo tendría menos bulla que soportar.
Consultó su reloj.
-Tengo que irme. He quedado con Marshall dentro de una hora. -Se inclinó sobre la cama y dio un beso a T. J. en la mejilla-. Hasta mañana.
En aquel momento entró Galán en la habitación llevando un ramo enorme de lirios que llenaron el recinto entero con su perfume.
-Justo a tiempo -dijo Fionna haciéndole un guiño al pasar junto a él.
~
-Sí -dijo J. Clarence Cosgrove con voz enrarecida por la edad-. Me acuerdo muy bien de Corin Street. La situación era muy extraña, pero no había nada que pudiéramos hacer nosotros. Ni siquiera supimos que Corin era una niña hasta que alcanzó la pubertad. Claro que en su partida de nacimiento figuraba el sexo, por supuesto, pero ¿quién comprueba esas cosas? Su madre decía que Corin era su hijo, así que nosotros... lo aceptamos.
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El hombre perfecto (fiolee)
ФанфикшнAutor(CREADORA): →Rariana8 en DevianArt ← Representa en Wattpad: @Silence_SWS ¡Muchas gracias! Por leer, votar y comentar. [LA HISTORIA NO ES MÍA] ✅HISTORIA FINALIZADA✅
