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ESE DÍA, DESPUÉS DE MES Y MEDIO SIN VERSE, Candela tendría que enfrentar a Felipe. Y después de la discusión que tuvieron por teléfono, ella no tenía ganas de verlo. Básicamente porque se sentía avergonzada. Él tenía razón: Había estado muy feo por su parte actuar a sus espaldas y hacer todo lo posible para que le asignaran a otro actor en su lugar. Pero ella lo había hecho con su mejor intención. No quería que estuvieran todo el día peleados. No quería...
No quería tenerlo cerca.
Y sabía que en parte era porque aún se avergonzaba por cómo se había comportado el día que salieron de fiesta y lo que habían hecho en casa de Massy cuando no había todavía nadie. Alguna veces se encontraba recordando el tacto de los dedos de Felipe a la altura de sus caderas y el calor que irradiaba su cuerpo debajo del suyo, y no se veía capaz de encararlo después de eso.
Mientras la cafetera funcionaba, Candela despertó a su abuela, la ayudó a salir de la cama y con su sillita de ruedas la movió hasta el salón, donde le tapó con una manta antes de cambiarla al sofá. Sacó el café, le echó algo de azúcar y pasó a prepararle el desayuno a su abuela con cansancio.
Le habían venido muy bien esas vacaciones del trabajo para pasar más tiempo en casa y poder ayudar en la casa a su con su abuela.
—Buenos días a las dos mujeres de mi vida—su abuelo entró por la puerta de casa. Venía de comprar el periódico como todos los días con una sonrisa—. ¿Cómo anda la tropa?
—Vamos tirando.
—Candela, ¿podes llevarme hoy a revisión?—le preguntó Nana Rosita con tono esperanzador.
Ella abrió la boca para contestar, pero su abuelo intercedió antes.
—Candela tene que volver al laburo. ¿Te acordas, cariño?
—N-no.
—No pasa nada. Yo te acompaño.
—Puedo preguntar si me dejan salir antes...—propuso ella.
—No—atajó su abuelo sonriendo—. No te preocupes por nosotros. Vos vete a laburar.
Ella lo hizo, pero no se quedó tranquila.
Candela entró al edificio con un gesto apurado, pero Matías, siempre juguetón, la recibió con una sonrisa traviesa. Sin perder un segundo, comenzó a hacerle bromas, provocando risas en Candela mientras subían las escaleras. Matías no paraba de contar anécdotas cómicas, lo que hizo que el trayecto fuera más ligero y entretenido.
Finalmente, al llegar al piso donde se encontraba su departamento, Matías la acompañó hasta la puerta, despidiéndose con una última broma.
—¿Qué hace una abeja en el gimnasio?—Matías se rio antes incluso de terminar el chiste—. ¡Zum-ba!