El vestuario, sumido en ese silencio sepulcral que solo queda cuando el eco de treinta hombres gritando se desvanece, se sentía como una olla a presión. Según Slora, necesitaba el vacío absoluto para "conectar con la audiencia" y lograr una toma limpia. Mentiras. Excusas baratas de alguien que domina el arte de la manipulación. Era obvio que Christopher solo quería el escenario despejado para seguir lanzando dardos contra mi paciencia.
Odiaba a Briana. La odiaba con esa intensidad cariñosa que le reservas a tu mejor amiga cuando te lanza a los leones sin un látigo ni una silla. Justo cuando pensaba que mi día podía estabilizarse, el universo —o Christopher, que para el caso era lo mismo— decidía que yo necesitaba una dosis extra de caos.
—Bien, empezaremos grabando desde tu sitio —le indiqué, intentando que mi voz sonara como la de una profesional de la comunicación y no como la de una mujer que quería salir corriendo hacia la frontera más cercana.
Él se dirigió a su casillero con esa parsimonia irritante. Se puso en posición, dándome esa sonrisa que describiría como el tipo de gesto que hace que las leyes de la física se vuelvan opcionales.
—Bien, estoy listo. Empieza ya.
Presioné el botón de grabar. Christopher tenía esa forma de llenar el espacio, una presencia física que parecía desplazar el oxígeno de la habitación. Mientras la cámara rodaba, empezó a hablar de cómo el vestuario era su santuario personal. Decía que, tras el estruendo del estadio, aquel era el único lugar donde podía desprenderse de la suciedad y sentirse, por fin, ligero.
Entonces, con una naturalidad que me detuvo el pulso, se quitó la camiseta. Fue un gesto fluido, casi coreografiado. Después vinieron los pantalones.
—Y... corte —logré decir, mi voz sonando un octavo más aguda de lo que me hubiese gustado. Me di la vuelta de inmediato, fijando la vista en una mancha inexistente en la pared—. ¿Listo para seguir? —pregunté, esperando el roce de la tela de una bata.
—Sí.
Me giré. Error. Seguía allí, una extensión de piel bronceada y músculos tensos, apenas interrumpida por unos Calvin Klein que parecían una provocación deliberada.
—¿Y tu bata? —exclamé, dándole la espalda de nuevo con la rapidez de quien ha visto un eclipse sin protección—. ¡No te la pusiste!
—Nunca uso bata. Camino así hasta la ducha. Es lo que hay.
—Pues hoy sí te la vas a poner —repliqué, sintiendo el calor subir por mi cuello.
—Mmm... no. Quiero que los fans vean la realidad, sin filtros. Además, me graban sin camiseta todo el tiempo. Solo encuadra de la cintura para arriba. No seas mojigata.
Tenía razón en lo profesional, pero su arrogancia era un ruido blanco que me taladraba los oídos. Recomencé la grabación, tratando de que mi pulso no traicionara la estabilidad de la lente.
Christopher nos guio por las instalaciones, soltando anécdotas con esa sonrisa de "chico de oro" que tan bien sabía vender. Hasta que llegamos a las duchas. Se detuvo ante un contenedor rebosante de uniformes usados.
—El lugar más radiactivo del mundo —anunció con un brillo de malicia en los ojos—. Aquí se concentra nuestro esfuerzo... y nuestro sudor.
Con un movimiento calculado, arrojó su ropa y luego, "accidentalmente", empujó el contenedor. El estruendo de la ropa sucia desparramándose por el suelo fue el signo de exclamación de su idiotez.
—Ups —soltó, mirándome con una inocencia tan falsa que resultaba insultante—. Qué torpe soy. Parece que tendrás que recogerlo, ¿no?
Apagué la cámara. El silencio que siguió fue denso, cargado de esa electricidad estática que precede a las tormentas. Me agaché, recogiendo las prendas con los dedos rígidos por la furia. Sabía que buscaba mi quiebre.
ESTÁS LEYENDO
LA FORMA EN QUE TE AMO
Teen FictionOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
