Octubre en Boston había llegado no con el suave susurro de las hojas otoñales en Beacon Hill, sino con el ruido estruendoso de un tackle en el campo. Los Linces, nuestro glorioso equipo local, habían tropezado dos veces seguidas: una en el ruidoso M&T Bank Stadium de Baltimore y, lo más doloroso, en casa, en nuestro propio Gillette Stadium, ante unos Sacramento Kings que habían jugado como si tuvieran algo personal contra nosotros. El ambiente en la oficina, en el vestuario, en cada rincón donde se respiraba "fútbol americano", era tan denso que podías cortarlo con un cuchillo desafilado.
La fractura en el equipo era más profunda que las grietas en el asfalto de la Commonwealth Avenue después de un invierno cruel. Jason, el receptor estrella con una sonrisa que podría vender cualquier cosa y un temperamento que podía encender un bosque, se había posicionado en un bando. Christopher, nuestro quarterback de ojos intensos y una presencia que llenaba cualquier habitación, estaba en el otro. Todos en el trabajo, susurraban sobre la culpa: ¿fue Chris quien desestabilizó al equipo con su "actitud", o Jason, con su ego herido y sus pases fallidos?
Y luego estaba yo, Olivia. Navegando el laberinto, la única persona que sabía la verdad incómoda y placentera que unía a Christopher y a mí. Nos veíamos a escondidas, y cada encuentro era para él una vía de escape, y para mí... bueno, para mí era una vía de escape que también me dejaba sin aliento, con los músculos temblorosos y el corazón galopando como si hubiera corrido un maratón. No me quejaba.
Las primeras semanas de octubre se deslizaron con una monotonía engañosa. Mi rutina era un ancla: la bulliciosa oficina de marketing en el centro de Boston, las grabaciones para los spots publicitarios de la liga, reuniones que se estiraban como chicle, y llamadas que se apilaban una tras otra. El ritmo frenético me ofrecía una ilusión de control, un edredón de normalidad sobre el volcán que bullía en mi vida personal. Por fuera, Olivia era la profesional, la eficiente. Por dentro, Olivia era una bomba de tiempo con un temporizador que no sabía leer.
Pero cuando el sol se ponía, y las luces de la ciudad comenzaban a brillar sobre el Charles River, mi mundo se transformaba. Terminar en la cama de Christopher, en su apartamento en Seaport con vistas a los muelles, se había convertido en mi ritual nocturno. Cada encuentro era una descarga eléctrica, un recordatorio vívido de que estábamos jugando con fuego. Y no un fuego pequeño y controlable; un infierno en miniatura que amenazaba con incinerar cualquier barrera de lógica o precaución. Estábamos en una cuerda floja, bailando entre el deseo y el desastre, y cada vez que nuestros cuerpos se tocaban, sentía que nos acercábamos un paso más a la caída.
La precaución había sido nuestra compañera constante, una tercera rueda silenciosa en nuestros encuentros. Manteníamos el equilibrio con una destreza casi olímpica. Pero en el fondo, una voz susurraba que aquello era insostenible. No puedes bailar en la cuerda floja para siempre sin que el equilibrio te falle.
Una tarde, en una de mis "visitas" a su casa —un eufemismo que usamos para "pasar la noche y luego hacer como si nada por la mañana"—, me dejé llevar por esa curiosidad innata que me ha metido en tantos problemas. Mientras él estaba en el gimnasio de su edificio, volví a "husmear". Y fue entonces cuando lo noté. La foto de su ex ya no estaba. La imagen, que antes había sido una sombra constante en el ambiente, había desaparecido.
Pude relajarme. Por primera vez, el sexo con Christopher no vino con la molesta sensación de que, mientras me tocaba, su mente pudiera estar divagando hacia los ojos de otra mujer, los recuerdos de otra piel. Sin esa distracción, todo parecía más nítido, más intenso. Cada beso, cada roce, cada respiración se sentía singularmente nuestro.
Christopher, el estratega dentro y fuera del campo, había resuelto el asunto del portero. El hombre, un tipo corpulento con un bigote gris y una sonrisa perpetua, me saludaba ahora con una familiaridad cómplice. Ya no había preguntas incómodas sobre "señorita, ¿a quién busca?". Ahora era un "Buenas noches, señorita Olivia, el señor Slora la espera" o un "Que tenga buena noche, señorita".
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Teen FictionOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
