—Eh, eh, eh, frena ahí. No puedes dormir con Bert. Tú te quedas conmigo —dijo Christopher.
Lo dijo con esa seguridad casual que solo tienen los hombres que nunca han tenido que pelear por el espacio que ocupan en el mundo. Me lanzó una mirada desafiante, una de esas que te obligan a elegir entre ser la persona razonable o la persona que admite, por omisión, que tiene miedo de estar a solas con él.
—¡No! —respondí, quizá demasiado rápido. Mi voz sonó un octavo más aguda de lo habitual—. Tú necesitas descansar para el próximo juego. Recuerda que es contra Portland, y no son precisamente un hueso fácil de roer. Probablemente son el equipo más fuerte de la liga. Si pierdes por falta de sueño, la prensa me colgará del palo mayor del estadio.
Christopher dio un paso hacia mí, invadiendo ese perímetro de seguridad que yo intentaba mantener a toda costa. El pasillo del hotel olía a alfombra vieja y a ese ambientador de pino que intenta, sin éxito, ocultar décadas de decisiones cuestionables.
—No le tengo miedo a los Mineros —murmuró, bajando el tono, lo que hizo que su voz vibrara en algún lugar cerca de mi esternón—, pero parece que tú sí me temes a mí.
El aire se escapó de mis pulmones. ¿Qué diablos? Claro que no le tenía miedo. No era miedo físico; era... miedo existencial. El tipo de miedo que sientes cuando sabes que estás a una mala decisión de arruinar el equilibrio de tu vida entera. Esto ni siquiera era sobre mí, sino sobre su salud y el bien del equipo. Bueno... tal vez sí me daba un poco de miedo compartir habitación con él. Después de todo, Christopher Slora en un campo de béisbol era una fuerza de la naturaleza, pero Christopher Slora en la intimidad de una habitación con poca luz era un riesgo biológico para mi cordura.
—Esto no tiene que ver conmigo —le dije, recuperando mi máscara de "empleada eficiente del mes"—. Ya te lo dije, mi deber como trabajadora de los Linces es velar por tu bienestar. Si ganas, yo también gano. Mi bono de fin de año está directamente ligado a que tus articulaciones no se oxiden.
—Pues no estoy de acuerdo —insistió él, frunciendo el ceño de esa manera que hace que se le forme una pequeña arruga entre las cejas que, trágicamente, es adorable.
Bert, solo observaba en silencio absoluto, se nota que moría por intervenir y ponernos en nuestro sitio, sin embargo actuaba con la paciencia de un santo.
—Bert no va a dormir cómodo contigo ahí —continuó Chris, señalándolo—. Necesita una cama para él solo. ¿No lo has visto? ¡Es enorme! Sin ánimo de ofender, Bert.
Bert se encogió de hombros con una parsimonia envidiable. —No me ofendo. Soy un hombre de grande.
—Además —añadió Chris, rematando su argumento con una lógica aplastante—, te recuerdo que él no ha pegado ojo en todo el día manejando bajo la lluvia, mientras que tú y yo sí dormimos en el camino.
—No pensaba dormir en la misma cama que Bert, idiota —espeté, sintiendo que el calor subía por mi cuello—. Iba a dormir en el suelo con una manta, y listo. Soy pequeña, quepo en cualquier rincón. Soy básicamente un gato doméstico con ansiedad.
—¿Y crees que eso es suficiente? Pues no. Bert tiene esposa e hijos, Olivia. Imagina si se enteran de que dormiste en la misma habitación que él, aunque fuera en el suelo. Pensarían lo peor. —Hizo una pausa dramática—. Y sería Bert quien cargaría con las consecuencias, no tú. No querrás destruir un matrimonio sólido por un capricho logístico, ¿verdad?
Miré a Bert en busca de ayuda. Él me devolvió una mirada de disculpa. —Es cierto, mi esposa puede ser un poco... dramática —dijo con una leve sonrisa—. El mes pasado me interrogó porque encontró un ticket de una cafetería que no conocía.
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Teen FictionOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
