V E I N T I D O S

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El día amaneció con ese tipo de silencio sepulcral que solo queda después de que un huracán ha pasado y se ha llevado los cimientos. Sin Briana en la oficina, el aire se sentía más denso, casi masticable. Su ausencia no era solo un escritorio vacío; era una herida abierta en la rutina. Ya no estaba su café humeante a las ocho en punto, ni su risa amortiguando el estrés de las grabaciones, ni sus comentarios sagaces sobre lo absurdo de nuestro trabajo.

Era Halloween, pero nadie parecía tener ganas de fiesta. Yo me sentía como un fantasma habitando mi propio cuerpo, moviéndome por inercia mientras el eco de su despido seguía rebotando en las paredes del estadio.

Cuando llegué a la cancha, el equipo ya estaba allí. El sol de la mañana golpeaba el césped con una intensidad que contrastaba con mi ánimo sombrío. Jenna y Rob movían cables con una eficiencia mecánica, pero sus rostros reflejaban el mismo vacío que el mío. Entonces vi a John. No era el receptor estrella radiante de siempre; se veía como si hubiera pasado la noche peleando con sus propios pensamientos. Sus ojos me buscaron con una urgencia que me hizo acelerar el paso.

—¿Cómo está Bri? —preguntó sin preámbulos, deteniéndose frente a mí.

La preocupación le marcaba una arruga profunda en la frente, una que no se borraba ni con el entrenamiento. Sabía que Briana, en su afán de ser un pilar de fortaleza, le habría dicho que estaba "bien", pero John la conocía demasiado para creerse esa farsa.

—Hablé con ella anoche —admití, bajando la voz mientras Jenna pasaba por nuestro lado con un trípode—. Me dice que está bien, pero... bueno, sabes cómo es ella. Está rota, John. Perder este trabajo no fue solo un golpe profesional; fue perder su lugar en el mundo.

Suspiré, sintiendo el peso de la lealtad hacia mi amiga. John apretó la mandíbula, y por un momento vi un destello de rabia pura en sus ojos, dirigida probablemente hacia los directivos que habían tomado la decisión.

—Quiero pedirle que se mude conmigo —soltó de repente, bajando aún más la voz, como si las palabras fueran un secreto de estado—. Quiero cuidarla. Sé que es el peor momento posible, que parece que estoy aprovechando su vulnerabilidad, pero no es eso. Quiero que sepa que no está sola. Que tiene un hogar, pase lo que pase con los Linces.

Me quedé helada un segundo, y luego una calidez inesperada me recorrió el pecho. En un mundo de reglas absurdas y contratos fríos, John estaba ofreciendo algo real.

—Más te vale que la cuides —le dije, dándole un golpe afectuoso en el brazo—. Ella te necesita ahora mismo, aunque su orgullo le impida admitirlo.

—También he estado moviendo hilos —añadió él, con una mirada determinada—. Hablé con un contacto en Mars. Es una oportunidad increíble como publicista, pero... hay una trampa. Tendría que irse a Nueva York seis meses para la capacitación antes de poder trabajar remoto desde aquí.

Mis cejas se dispararon hacia arriba. Nueva York. Seis meses. Era la oportunidad perfecta para que Briana se reinventara, lejos de las miradas juiciosas de Boston.

—¡Eso sería increíble! —exclamé, olvidando por un segundo que estábamos en el campo de entrenamiento—. Es exactamente lo que necesita. Un borrón y cuenta nueva.

John asintió, aunque vi el sacrificio en su expresión. Estaba dispuesto a dejarla ir seis meses con tal de verla brillar de nuevo. Eso era amor, del de verdad. Del que no necesita esconderse en armarios ni borrar mensajes de texto.

El resto del día fue un desfile de distracciones. Las grabaciones transcurrieron entre bromas forzadas y el ambiente festivo de Halloween que se sentía como un disfraz mal puesto. Christopher estaba allí, moviéndose por el campo con su elegancia habitual, pero yo mantuve un muro invisible entre nosotros. Por primera vez en meses, él pareció entender el mensaje y me dio el espacio que tanto necesitaba.

LA FORMA EN QUE TE AMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora