El miércoles amaneció con ese tipo de luz lechosa y engañosa que te promete un día productivo mientras, por lo bajo, prepara el escenario para un desastre inminente. Era una mañana de "falsa normalidad", el tipo de atmósfera que Emily Henry describiría como el silencio que precede al momento en que el protagonista de una película de terror decide, por alguna razón estúpida, bajar al sótano.
En la oficina de los Linces, el aire estaba cargado. Grace, cuya boca suele tener la sutiliza de una sirena de niebla, milagrosamente no había soltado ninguna bomba todavía. Pero el silencio de Grace no es paz; es una cuenta regresiva.
Mientras tanto, mi teléfono era un campo de batalla de notificaciones no leídas.
Christopher. Siempre Christopher.
Ignorar sus mensajes requería un nivel de disciplina ninja que yo no poseía, pero lo intentaba. Después de lo que ocurrió ayer —ese torbellino de emociones que me dejó sintiéndome como si me hubieran pasado por una centrifugadora emocional—, necesitaba espacio. Necesitaba que las moléculas de mi cuerpo volvieran a su estado sólido. Pero Chris no entiende de leyes físicas, y mucho menos de espacio personal. Él es una fuerza de la gravedad: persistente, masivo y jodidamente difícil de evadir.
Briana y yo estábamos sumergidas en el caos logístico de los preparativos para el hospital infantil. Cajas, listas de verificación, globos desinflados que parecían metáforas de mi estado de ánimo. De pronto, mi bolsillo vibró. Luego otra vez. Y otra.
Eché un vistazo a la pantalla, esperando quizás un "lo siento" o un "necesitamos hablar como adultos funcionales". En cambio, obtuve el repertorio clásico de Christopher:
Chris: Olivia, háblame. No podemos dejar esto así.
Apreté los dientes. Claro que podemos, Chris. Se llama 'consecuencias de nuestros actos'. Deberías probarlo.
Tres minutos después, el teléfono volvió a la vida.
Chris: Sé que estás asustada, pero no puedes seguir evitándome.
—¿Estás bien? —preguntó Briana, sosteniendo una caja de juguetes con una expresión que sugería que ella también estaba lidiando con su propio apocalipsis interno.
—Sí. Solo es... mi hermana, cosas de familia.—mentí, guardando el teléfono.
Pero entonces llegó el mensaje. No era texto. Era una imagen. Y aunque mi cerebro gritaba "¡Trampa! ¡Alerta roja! ¡No entres ahí!", mis dedos, esos traidores, deslizaron la pantalla antes de que pudiera procesar la orden de detención.
Me quedé sin aliento. Literalmente. Fue como si alguien me hubiera dado un puñetazo de dopamina directo al estómago.
Ahí estaba él. Sin camiseta. El torso de Chris es, básicamente, un anuncio de salud pública sobre por qué deberías ir al gimnasio todos los días de tu vida. La iluminación era perfecta, resaltando cada relieve de su abdomen como si fuera un mapa topográfico del deseo. Y luego estaba el short. Estaba peligrosamente bajo, lo suficiente como para mostrar ese bendito "cinturón de Adonis" que siempre ha sido mi talón de Aquiles, mi kriptonita y mi perdición personal.
Chris: ¿Te acuerdas de la última vez? Sé que lo haces...
Cerré los ojos con fuerza. Oh, claro que me acordaba. Mi memoria tiene grabada esa noche en 4K. Podía sentir el fantasma de sus manos, el calor de su piel, el olor a su colonia mezclado con algo puramente masculino. Estaba usando su cuerpo como un arma de distracción masiva. Era sucio. Era injusto. Y, Dios mío, estaba funcionando.
Pero no. No hoy.
Al mediodía, el hambre y la necesidad de aire fresco nos llevaron a Briana, Rob, Jenna y a mí a un pequeño café cercano. El ambiente era extraño; éramos cuatro personas intentando actuar como si no tuviéramos secretos capaces de demoler el edificio de oficinas.
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Dla nastolatkówOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
