El aire en la mansión de Michael no solo era cálido; era una entidad densa y eléctrica que vibraba al ritmo de un bajo tan profundo que podías sentirlo en los huesos. Si el éxito tuviera un aroma, olería exactamente así: una mezcla embriagadora de perfume caro, sudor de victoria y el rastro metálico del champán fluyendo sin control. Las paredes, blancas y minimalistas, servían como lienzo para una infinidad de luces LED que transformaban el salón en un caleidoscopio frenético. Era la clase de lugar donde los problemas parecen algo que les sucede a otras personas, en otros planetas.
Todo el equipo de los Linces estaba allí, exhibiendo esa clase de camaradería ruidosa que solo surge tras ganar un partido decisivo. Bri, Rob, Jenna y yo cruzamos el umbral como una pequeña falange de supervivencia social. Nada más entrar, el DJ, un tipo que probablemente cobraba por hora lo que yo ganaba en un mes, soltó un remix que hizo que el suelo temblara.
—¡Oh, por Dios! ¿Ese es Matt Damon? —pregunté, mi voz perdiéndose casi por completo en el estruendo. Señalé hacia el segundo piso, donde una barandilla de cristal bordeaba una zona VIP que parecía sacada de una película.
Allí estaba, inconfundible incluso bajo las luces estroboscópicas, charlando con Neil como si estuvieran discutiendo el precio del pan y no la última superproducción de Hollywood. Rob se giró, dándole un sorbo a su vodka con una parsimonia que me hizo sentir como una turista en mi propia vida.
—Ah, sí. Es un gran aficionado y amigo de Neil —dijo, encogiéndose de hombros—. Acostúmbrate, Liv. En este equipo, las celebridades son como los canapés: están por todas partes y eventualmente dejas de notar que son especiales.
Antes de que pudiera procesar el hecho de que estaba respirando el mismo aire filtrado que el ganador de un Oscar, la música dio un giro de ciento ochenta grados. El ritmo pesado y síncopado del reguetón inundó la sala, y sentí una sacudida de reconocimiento en el pecho. Era mi terreno. Mi especialidad. Bri, que en ese momento estaba intentando no ahogarse con su bebida, abrió los ojos como platos.
—¡Dios mío, me encanta esta canción! ¡Vamos a bailar! —gritó con un entusiasmo que rozaba lo maníaco. Me agarró del brazo con una fuerza sorprendente y me arrastró hacia la marea humana de la pista de baile, dejando a Jenna y a Rob anclados en la barra como dos náufragos que prefieren la seguridad de su isla de alcohol.
Bri empezó a moverse al ritmo de "Desesperados". Tenía voluntad, eso se lo concedía, pero bailaba como si estuviera en una clase de hip-hop de un gimnasio de los suburbios: angular, un poco rígida, técnica pero vacía. Le faltaba ese ingrediente invisible, ese balanceo fluido que mi madre me había enseñado desde que tenía uso de razón.
—Espera, Bri —la detuve, riendo—. El reguetón no se baila con los hombros, se baila con el instinto. No es como el hip-hop, es... algo más. Es sensual. Solo imagina a alguien con quien te gustaría estar en una habitación sin cámaras y muévete como si el mundo se estuviera acabando. Algo así...
Cerré los ojos un segundo, dejando que el ritmo tomara el control. Comencé a mover las caderas, bajando el centro de gravedad, sintiendo cada golpe de percusión como una orden directa a mis músculos. Siempre me he sentido segura bailando; es el único momento en que mi cerebro, normalmente propenso a analizarlo todo hasta el cansancio, finalmente se calla. Recordé mis vacaciones en Miami a los veinte años, cuando vi a aquellas mujeres moverse y me sentí como un palo tieso en comparación. Pero observé, aprendí y practiqué frente al espejo hasta que el movimiento dejó de ser algo aprendido y se convirtió en algo orgánico.
—¡Olivia! ¡Wow! —exclamó Bri, deteniéndose para mirarme con pura admiración—. Tenías esos movimientos muy bien escondidos bajo los informes de prensa.
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Teen FictionOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
