C U A T R O

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El inicio de la temporada no llegó con el suave murmullo de las hojas de otoño cayendo sobre Massachusetts; llegó como un tren de carga sin frenos, arrasando con cualquier noción de equilibrio emocional o físico que yo intentara conservar.

Era domingo. El aire en el Gillette Stadium vibraba con esa electricidad estática que te eriza los vellos de la nuca, una mezcla de sudor caro, césped recién cortado y la ansiedad colectiva de sesenta mil personas que han decidido que su felicidad depende de un grupo de hombres en mallas persiguiendo un trozo de cuero. El tiempo, ese concepto que a veces parece un hilo invisible que se nos escapa entre los dedos, volaba. No teníamos suficiente. Nunca había suficiente de nada: ni horas de sueño, ni cafeína en las venas, ni paz mental.

Habíamos trabajado día y noche para promocionar este momento. Mi vida se había reducido a una sucesión de píxeles, ángulos de cámara y pies de foto optimizados para el engagement. ¿El gimnasio? Un recuerdo lejano. ¿Comer como una persona funcional? Mi dieta consistía básicamente en barritas energéticas que sabían a cartón y cafés tan fuertes que podrían despertar a un muerto. Según Rob y Bri, este caos era el rito de iniciación. "Es el bautismo de fuego, Liv", decía Rob con esa calma irritante de quien ya ha sobrevivido a mil batallas. "Luego viene la calma... y después los playoffs, que es cuando realmente descubres si tienes alma o solo un motor de combustión interna".

Oficialmente, la locura había estallado el jueves por la noche. El viernes y el sábado fueron un borrón de luces de neón y obturadores de cámara: grabando videos, haciendo promos, atendiendo a fans que nos miraban como si tuviéramos las llaves del cielo y sobreviviendo a ruedas de prensa donde las preguntas eran tan afiladas como cuchillos de cocina.

Y en medio de todo ese ruido, estaba el equipo.

Aprendí que el vestuario de un equipo de la NFL es un ecosistema complejo. Están los depredadores, los mediadores y los que simplemente están allí para que el mundo sea un lugar más brillante. Michael, Rick y Jason se habían convertido en mis boyas en este océano de testosterona.

Michael era la personificación del respeto. Tenía esa clase de carisma que no necesita gritar para ser escuchado; un hombre que hablaba de su esposa con una devoción tan pura que te hacía creer, aunque fuera por un segundo, que el amor eterno no era solo un invento de las novelas de aeropuerto. Rick, por otro lado, era el alivio cómico que necesitaba para no lanzarme desde las gradas. Era rápido, divertido y poseía una simpatía contagiosa, aunque seguía sin entender cómo alguien con tanta luz podía ser el mejor amigo de un agujero negro como Slora.

Y luego estaba Jason. Jason Miller me trataba con una mezcla de protección fraternal y camaradería que me hacía sentir segura. Siempre estaba ahí, preguntando si había comido, asegurándose de que nadie tropezara con mis cables. Era fácil con él. La vida era sencilla cuando Jason estaba cerca.

Incluso logré que varios de ellos firmaran un jersey para mi papá. Ver esos garabatos en la tela me hizo sentir que todo el cansancio valía la pena. Briana tenía razón: no todos eran monstruos con exceso de ego. Solo algunos. O, mejor dicho, solo uno.

—Ayúdame a grabar a Jason y a Neil, por favor —me pidió Bri, sacándome de mis pensamientos mientras ajustaba su lente—. A menos que prefieras ir con nuestro "querido" quarterback.

—No, no quiero. Ni muerta —respondí, con una rapidez que delataba mi desesperación por evitar a Christopher Slora.

Me dirigí hacia Neil, el tackle ofensivo. Neil era el equivalente humano a un abrazo de domingo por la mañana. Grande, afable y con una cara que gritaba "oso de peluche", aunque en el campo fuera capaz de demoler muros de concreto. Estaba absorto en su calentamiento, una danza ritual de fuerza y concentración previa al estallido.

LA FORMA EN QUE TE AMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora