V E I N T I T R E S

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El sonido del teléfono me despertó de golpe. Todavía medio dormida, intenté alcanzarlo en la mesita de noche, pero justo antes de que pudiera contestar, dejó de sonar. Me froté los ojos y vi la pantalla iluminada: 9:37 am. 

Cinco llamadas perdidas. Todas de Gina.

No era normal que ella me llamara. De hecho, casi nunca lo hacía, solo cuando necesitaba algo urgente. Nos comunicábamos por mensajes la mayoría del tiempo, y siempre de forma rápida y casual. 

Un mal presentimiento —ese animal viscoso y frío que vive en la boca del estómago— comenzó a desenrollarse mientras le devolvía la llamada.

—¿Olivia? —La voz de mi hermana sonaba como cristal roto envuelto en terciopelo. Tensa. Demasiado fina.

—¿Qué pasa? —pregunté. Mi propia voz sonaba extraña en mis oídos, como si viniera de una habitación vecina.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que precede a las noticias que dividen tu vida en un antes y un después.

—Es papá —dijo finalmente. Sentí un vuelco, un cambio gravitacional—. Se cayó de su caballo esta mañana... parece que una serpiente lo asustó y papá se golpeó la cabeza al caer. Está en coma, Olivia. Lo trasladaron a un hospital en Fort Worth. Lo están estabilizando, pero...

El mundo no se detuvo. Al contrario, empezó a girar demasiado rápido. El aire de la habitación se volvió sólido, una masa impenetrable que mis pulmones no sabían cómo procesar.

Papá.

Mi padre no es solo un hombre; es una fuerza de la naturaleza. Es el olor a cuero viejo y tabaco dulce, la risa que retumba en las vigas del granero, las manos callosas que me enseñaron a sujetar las riendas antes de que supiera atarme los cordones de los zapatos. Él es la definición de invulnerabilidad. Verlo reducido a una frase médica —está en coma— era como si alguien me dijera que la gravedad ha dejado de funcionar.

—No, él no —susurré. Mis piernas perdieron su propósito y me dejé caer de nuevo en la cama.

—Debes venir, Olivia. No sabemos qué...

Corté. No por grosería, sino por una necesidad biológica de detener la entrada de información. Me quedé allí, mirando el vacío, con el teléfono pesando como una piedra de molino en mi mano. Las palabras de Gina rebotaban en las paredes de mi cráneo: papá está en coma.

De repente, la Olivia profesional, la que maneja crisis de relaciones públicas para un equipo de la NFL, la que disecciona estrategias y sonríe ante las cámaras, se evaporó. En su lugar quedó la niña de seis años que una vez se perdió en el campo de heno y solo dejó de llorar cuando escuchó el silbido de su padre buscándola.

Intenté levantarme, pero mi cuerpo era una marioneta con los hilos cortados. Empecé a llorar, un llanto pequeño y vergonzoso, mientras la culpa —esa vieja amiga no invitada— se sentaba a los pies de mi cama.

Me alejé de él. Por el trabajo, por Boston, por la ambición de ser alguien que no necesitara que la rescataran. Había dejado pasar semanas entre llamadas. Había respondido a sus mensajes llenos de errores ortográficos y fotos de caballos con un "te quiero, pa, hablamos luego" que nunca llegaba. Había priorizado correos electrónicos de extraños sobre la voz del hombre que me dio mi primer par de botas de vaquero.

De alguna manera, logré marcar el número de Briana. Mientras esperaba que contestara, todo a mi alrededor comenzó a tambalearse. Era como si el suelo bajo mis pies ya no fuera seguro, como si cada segundo que pasaba me acercara más al borde de un precipicio.

LA FORMA EN QUE TE AMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora