El mundo tiene una forma muy curiosa de reordenarse cuando no estás mirando. Un día eres la protagonista de una novela realista sobre una mujer profesional que tiene su vida bajo control —con sus listas de tareas, sus cafés con leche de avena y su impecable política de "no tocar a los atletas"— y al siguiente, te encuentras en medio de una comedia romántica de errores, escondiendo la pantalla de tu teléfono como si fuera una granada activa.
Christopher Slora era, en teoría, el antagonista de mi historia. El tipo de hombre que debería venir con una etiqueta de advertencia de la administración de salud. Era arrogante, excesivamente talentoso y poseía esa clase de mandíbula que parece haber sido esculpida por alguien que odia al resto de la humanidad. Pero tras la tregua del domingo, el villano de mi guion había decidido cambiar de registro.
Llevábamos dos días intercambiando mensajes. Y lo peor no era que lo hiciéramos; lo peor era que, entre notificación y notificación, Christopher estaba resultando ser... humano. Incluso divertido. Era el tipo de descubrimiento que te hace sentir como si hubieras estado odiando el helado de menta toda tu vida solo para darte cuenta de que, en realidad, es jodidamente refrescante.
—¡Liv! ¡Liv! —La voz de Briana cortó el hilo de mis pensamientos como una tijera afilada.
Parpadeé, regresando bruscamente a la realidad de nuestra cocina, donde el aroma de la pasta Alfredo flotaba en el aire estancado de la tarde.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —respondí, intentando que mi voz no sonara como la de alguien que acaba de ser atrapada en un acto delictivo.
Briana me observaba desde el otro lado de la mesa, con el tenedor suspendido en el aire y una ceja levantada que gritaba "te atrape".
—No me estás escuchando, estás en las nubes... o mejor dicho, embobada con tu celular. Desde ayer no te has despegado de él —sentenció con esa perspicacia que solo tienen las mejores amigas y las madres—. ¿Estás saliendo con alguien?
—¿Qué? Claro que no —ataqué un bocado de pasta con un entusiasmo fingido, esperando que el carbohidrato actuara como un escudo contra más preguntas.
—¿Es el chico misterioso que te trajo después de la fiesta?
Sentí un pinchazo de culpa. El domingo, Christopher —Slora, el Gran Enemigo Público— me había traído a casa. Fue un gesto sencillo, un aventón en su coche que olía a cuero nuevo y a algo que recordaba vagamente a la lluvia en el bosque, pero para el resto del mundo yo solo había "conocido a alguien en la fiesta". Había omitido el nombre. Había borrado el rastro. Había mentido por omisión porque no estaba lista para explicar por qué el hombre que más detestaba era ahora el que ocupaba mis burbujas de chat.
—¡No! —mentí, y me odié un poco por la rapidez con la que salió la palabra—. El chico que me trajo solo fue amable, ni siquiera recuerdo su nombre.
Mentirosa, susurró mi subconsciente. Christopher William James Slora. Conoces cada letra de su nombre.
—¿Entonces con quién te la has pasado mensajeando? ¿Es Jason? —insistió Briana.
—¡Dios, no! —Esa indignación sí era real—. Estoy hablando con una amiga de la secundaria. Perdimos contacto hace años, pero ayer nos encontramos por Instagram y desde entonces no hemos parado de ponernos al día. Eso es todo.
Había algo melancólico en mentirle a Briana. La abuela solía decir que las mentiras son pequeñas grietas en una pared que antes era sólida, y yo sentía el frío colándose por ellas. Briana suspiró, dejando que la tensión se disipara de sus hombros.
—Está bien, te creo. Pero dile que te dé un respiro, ¿sí? Has estado tan concentrada en esa conversación que ni siquiera hemos podido hablar bien nosotras.
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Fiksi RemajaOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
