T R E C E

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El domingo amaneció con ese tipo de luz dorada y perezosa que te hace creer, aunque sea por un segundo, que el mundo ha decidido dejar de ser complicado. La semana había transcurrido en una especie de burbuja de algodón: suave, silenciosa y extrañamente ligera. Xavier, en un arranque de pragmatismo profesional (o quizás simplemente para evitar que alguno de nosotros terminara con un ojo morado por un balón errante), había decretado veda de distracciones.

—Dejen que los chicos respiren —nos dijo, con ese tono de voz que usa cuando cree que está siendo profundo—. Los Mineros de Portland no son solo un equipo; son el fantasma de las navidades pasadas de esta franquicia.

Así que nos dedicamos a editar. Horas y horas frente a monitores, seleccionando tomas de archivo, mientras yo sentía que mi relación con Christopher se transformaba en algo nuevo. Algo... seguro. Nos enviábamos mensajes que eran como pequeños dardos de ingenio y vulnerabilidad. Me contó que había empezado terapia. "Es como ir al gimnasio, pero para los muebles rotos de mi cabeza", escribió. Me reí, pero sentí un tirón de orgullo en el pecho. Estábamos construyendo una amistad sólida, de esas que huelen a café recién hecho y honestidad. La atracción seguía ahí, por supuesto, vibrando bajo la superficie como una línea de alta tensión, pero yo me convencía cada mañana de que la paz valía más que el incendio. Mi trabajo era mi ancla, y no iba a soltarla por un quarterback con ojos de tormenta.

Pero entonces, llegó el partido.

El estadio no solo estaba lleno; estaba vivo. Era una bestia que respiraba ansiedad. La rivalidad con Portland no era deporte, era mitología. Rob, mientras ajustaba el enfoque de la cámara de banda, me lanzó los datos con ese aire de enciclopedia ambulante que tiene.

—Patrick y el entrenador de Portland, Miller, eran como hermanos en Sacramento —susurró Rob, sin apartar la vista del visor—. Compartían estrategias, cenas, secretos. Luego, algo estalló. Nadie sabe si fue una traición táctica o algo personal, pero ahora ni siquiera se miran en el sorteo inicial.

Briana, masticando chicle con una intensidad rítmica, añadió: —Y no olvides que los jugadores de Portland son insoportables y que para Chris esto es personal. Jugar contra tu ciudad natal es como pelear con un espejo que te recuerda todo lo que dejaste atrás.

El medio tiempo fue un funeral anticipado. Íbamos abajo, y el aire en el túnel hacia los vestidores estaba tan cargado que se podía cortar con un cuchillo de plástico. Patrick nos prohibió la entrada. La puerta se cerró en nuestras narices con un estruendo metálico que resonó en mis huesos.

El tercer cuarto fue un espejismo de esperanza. Los Linces despertaron. Christopher parecía un director de orquesta en medio de una guerra, conectando pases imposibles. Pero entonces, el mundo se detuvo.

Fue una jugada rota. Un error de comunicación. Vi a Christopher gritarle a Jason, nuestro receptor estrella. No fue un grito de aliento; fue un rugido de pura frustración acumulada. Jason, que tiene el temperamento de un volcán activo, no retrocedió. Lo empujó. Fue un golpe seco, el sonido de las hombreras chocando contra el césped cuando Christopher cayó.

Me quedé sin aliento. El tiempo se volvió elástico, lento y viscoso. Christopher se puso de pie, pero no era el hombre que me mandaba memes de perritos a las once de la noche. Era algo primario. Se lanzó sobre Jason.

Fue una pelea sucia, física, carente de cualquier elegancia deportiva. Eran dos hombres desmoronándose en público. El campo se inundó de pañuelos amarillos y de jugadores intentando separar una masa de músculos y rabia. Cuando los árbitros finalmente los expulsaron, el silencio que cayó sobre el estadio dolió más que los abucheos. Perdimos por diez puntos, pero se sintió como si hubiéramos perdido el alma.

LA FORMA EN QUE TE AMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora