El domingo en Seattle amaneció con ese tipo de gris plateado que te hace sentir como si estuvieras viviendo dentro de un filtro de Instagram melancólico. Pero dentro de mi pecho, el clima era muy distinto. La tensión que se había instalado en mis hombros como un invitado no deseado finalmente se estaba disipando. La tregua entre Chris y Jason —frágil como un castillo de naipes en una zona de construcción— parecía sostenerse. Al menos, por ahora.
El estadio de los Marineros era un rugido constante, una marea de ruido que, en otros tiempos, me habría abrumado. Hoy, sin embargo, era mi cafeína.
—Si Chris lanza un pase más como ese, voy a necesitar que alguien me sostenga —susurró Bri a mi lado en la banda, ajustándose los auriculares.
Yo no respondí. No podía. Tenía los ojos fijos en el número de Chris, viendo cómo se movía por el campo con esa gracia depredadora que solo los atletas de élite poseen. El primer cuarto fue una danza de frustración, un tira y afloja de 0-0 que nos dejó a todos con los nervios a flor de piel. Pero en el segundo cuarto, los Linces despertaron.
Fue como ver una máquina bien engrasada cobrar vida. Dos touchdowns seguidos. Para el medio tiempo, el vestuario era una explosión de testosterona y euforia controlada. Pero el fútbol, al igual que las comedias románticas de los años 90, siempre tiene un giro de trama en el tercer acto.
Los Marineros remontaron. Nuestra ventaja de cristal empezó a astillarse. El marcador mostraba un inquietante acercamiento hasta que ocurrió: Chris retrocedió, sus ojos escaneando el campo con una intensidad que juraría haber sentido desde la banda. Lanzó un pase perfecto de 35 yardas. El balón trazó un arco de plata contra los focos del estadio y, contra todo pronóstico, fueron las manos de Jason las que lo atraparon.
El tiempo se detuvo. Jason corrió. El touchdown puso el 17-24 y, de repente, la paz ya no era una fachada; era una estrategia ganadora. Al final del cuarto cuarto, tras un par de errores desesperados de Seattle, el marcador gritaba la victoria: 20-34 a favor de Boston.
Salté. Grité. Perdí cualquier rastro de la profesionalidad que tanto me esfuerzo por cultivar. Extrañaba esto. La adrenalina de la victoria es una droga que no puedes conseguir en ninguna farmacia. Quería correr hacia Chris, colgarme de su cuello y besarlo hasta que a ambos se nos olvidara que el mundo estaba mirando. Pero recordé las cámaras, los contratos y la fragilidad de mi posición.
En el vestuario, me forcé a ser la Olivia de "Relaciones Públicas". Me acerqué a él, mi corazón martilleando un ritmo que no tenía nada que ver con el marcador final.
—¡Felicidades! —dije, dándole un abrazo que duró exactamente 1.5 segundos. Lo solté como si su uniforme estuviera hecho de brasas ardientes.
Chris me sostuvo la mirada. Sus ojos estaban oscuros, brillantes por el esfuerzo físico y algo más... algo que me hizo apretar los muslos instintivamente.
—Luego te encargas de felicitarme como es debido —murmuró contra mi oído, su aliento caliente enviando una descarga eléctrica directo a mi espina dorsal.
Los chicos estaban eufóricos, gritando, chocando las manos, y el ambiente era tan contagioso que no pude evitar sonreír.
Bri, Rob, Jenna y yo fuimos con los medios para coordinar las entrevistas post-partido. Casi siempre entrevistaban a los mismos, Christopher, Neil, Michael,Jason y por supuesto al head coach. Patrick. Christopher, en particular, manejaba a los reporteros con esa mezcla de arrogancia encantadora y modestia calculada que lo hacía irresistible ante las cámaras.
Cuando el último foco se apagó y el eco de los periodistas se desvaneció, Rick apareció de la nada. Tenía esa chispa traviesa en los ojos, la clase de mirada que suele preceder a una decisión que lamentarás a las tres de la mañana pero que recordarás con cariño a los ochenta años.
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Teen FictionOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
